Hay una cifra que no me abandona. Ochenta y nueve dólares canadienses. No es una tragedia, pero tampoco es comodidad: es la distancia exacta entre seguir en pie y empezar a tomar decisiones feas. Mi hermano dijo una vez que esto era una locura, y hay momentos, como este mediodía caminando por Calgary Trail NW con el estómago medio vacío, en que entiendo por qué lo dijo. No porque tenga razón. Sino porque ochenta y nueve dólares exigen una honestidad muy concreta.

Ayer tuve otro contratiempo, uno de esos que no vale la pena detallar porque ya me canso de detallarlos. El resultado es que el margen se comprime y el instinto es paralizarse, quedarse quieto, gastar lo menos posible y esperar que algo cambie. Llevo cuatro días en Edmonton practicando esa quietud. A veces la quietud se parece a la cordura y a veces se parece a la cobardía, y no siempre sé distinguirlas.

Iba tarareando algo, sin darme cuenta de qué era exactamente, de esos bucles de melodía que el cerebro repite sin pedir permiso. Al doblar hacia el estacionamiento lateral de un mall vi a un tipo sentado en una silla plegable de camping, con una guitarra acústica con la clavija del mi grave algo torcida, tocando exactamente lo mismo que yo llevaba en la cabeza. No la misma familia de canciones: la misma. El mismo tempo, la misma variación en el puente. Me paré en seco. Él me miró, siguió tocando, y se rio sin dejar de tocar. «You were humming it», dijo. Sí, le dije. «Happens more than you'd think.» Y siguió. Estuve ahí unos minutos, de pie en la acera, sin saber muy bien qué hacer con esa coincidencia, y al final seguí caminando porque tampoco había nada más que hacer.

Emgees está un poco más adelante en la misma calle, un local que desde fuera no promete nada en particular: letrero sencillo, vitrina con pan, el tipo de fachada que en otra ciudad ignoraría sin culpa. Entré porque la cifra de ochenta y nueve dólares requiere que uno coma de verdad y no por capricho. Dentro olía a algo fermentado y especiado, no de manera agresiva sino de la forma en que huele una cocina donde se cocina de verdad. Pedí lo que me pareció más sustancial dentro de lo que podía permitirme, que resultó ser más comida de la esperada en un plato que no identifiqué con precisión pero que me importó poco identificar porque estaba caliente y era suficiente. El pan de la vitrina, por si acaso, era más denso de lo que aparentaba y no estaba especialmente fresco, lo cual no es una queja sino una observación: cuando algo se anuncia como bakery, uno calibra las expectativas.

El corredor de Calgary Trail NW no es un lugar que nadie fotografiaría para una postal. Comercios de distintos orígenes apilados en una franja de asfalto ancho, cielo nublado, transeúntes que van a algún sitio concreto. Me gusta eso, en realidad. La falta de pretensión hace que todo sea más fácil de leer: la gente está aquí porque necesita algo, no porque el barrio tenga cierto ambiente. Es funcional de una manera que casi resulta reconfortante cuando uno lleva semanas moviéndose por sitios diseñados para ser visitados.

Mi hermano también dijo, en esa misma conversación, que tendría que volver pronto. No como amenaza sino como predicción. Cuatro meses después sigo sin volver, y con ochenta y nueve dólares tampoco es que el regreso sea inminente. No sé si eso me parece bien o me parece una irresponsabilidad crónica que voy aplazando con la misma naturalidad con que uno aplaza una llamada difícil.

El músico de la guitarra descuadrada seguía ahí cuando volví por la misma acera. Ya no tocaba nada que yo reconociera.

Imprescindible en Edmonton, Canadá

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