«¿Quieres mesa o te quedas en la barra?», me preguntó la mujer de detrás del mostrador sin levantar la vista del bloc de notas donde anotaba algo que probablemente no tenía nada que ver conmigo. Era el mismo tono con que uno le habla al perro cuando no le apetece hablar con el perro, y me quedé parado dos segundos más de la cuenta justo en la entrada de ese local de formica gris y vinilo descascarado que hay en el corredor de la 123 Street, calculando si la pregunta era una bienvenida o una advertencia.
Me quedé en la barra. Parcialmente porque las mesas estaban ocupadas por gente que claramente sí era del barrio, parcialmente porque desde la barra se veía mejor la calle a través del vidrio empañado, y parcialmente porque todavía llevaba el día de ayer encima como un peso físico. Ayer, el tipo del banco de afuera de Rge Rd, el que se acercó a preguntarme de dónde era y luego no paró de hablar durante veinte minutos como si yo le debiera esa conversación, apareció de nuevo hoy al mediodía, caminando por la misma acera con exactamente la misma energía de quien tiene todo el día por delante y no tiene el menor interés en usarlo solo. Me vio. Levantó la mano. Y yo, en lugar de esquivar, hice lo más estúpido que se puede hacer cuando uno quiere estar tranquilo: entré al primer local abierto que encontré y me senté.
Un café, ocho dólares con la propina incluida porque hay un cartel hecho en papel de impresora que dice «propina sugerida 20%» y el texto está plastificado con esas máquinas baratas que dejan burbujas de aire en las esquinas. No hay que pagar ocho dólares por un café cuando se tienen ciento cuatro en la cuenta, pero tampoco hay que explicarle eso a nadie. La taza llegó antes de que yo la pidiera, o sea que la mujer del bloc sí me había prestado suficiente atención como para asumir que quería café, lo cual es una forma de amabilidad que no termina de sentirse como amabilidad.
El tipo de ayer se quedó diez minutos parado en la acera, mirando el menú de la ventana como si fuera a entrar, y yo me quedé mirándolo desde dentro con el café sin tocar todavía. No entró. Se fue hacia el norte por la 123 y yo respiré por primera vez en un buen rato, aunque «respirar por primera vez» suena a frase de alguien que exagera, así que digamos simplemente que solté los hombros. El vidrio empañado ayudaba: podía ver la calle sin que la calle me viera con demasiada claridad.
Rge Rd está a menos de una cuadra, en el número 10643, y pasa algo curioso con ese edificio: la gente del barrio lo nombra como si fuera una referencia obvia, como si uno llevara años viviendo en el Arts District y ya supiera exactamente qué es y qué representa, y cuando yo no reaccioné con el reconocimiento que esperaban ayer, el tipo se puso a explicármelo con esa paciencia levemente condescendiente que usa la gente cuando siente que está educando a alguien. No me molesta no saber cosas. Me molesta que me eduquen sin pedirlo.
La mujer del bloc limpió el mostrador con un trapo húmedo que olía a cloro y pasó el trapo también por la parte del mostrador donde yo tenía el codo, lo cual me obligó a mover el codo, lo cual es una forma de comunicación que no requiere palabras. Pedí la cuenta antes de terminar el café. Ocho dólares con la propina. Ya fuera, el sol de la tarde caía sobre la acera en ángulo bajo, ese ángulo de septiembre que hace que todo en Edmonton parezca un poco más seco y un poco más definitivo de lo que realmente es, y el banco donde había estado ayer el tipo seguía vacío.
Me senté en él.
Imprescindible en Edmonton, Canadá
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