Me desperté antes de las seis, como siempre, con esa luz gris de agosto que entra por la ventana sin pedir permiso y dibuja un rectángulo oblicuo en la cama. La habitación huele a humedad vieja y a algo que podría ser polvo o podría ser la moqueta deshilachada junto al radiador. Me quedé un momento mirando el techo antes de coger el teléfono y revisar, por inercia, el saldo. Cero. Lo sabía ya anoche, pero igual lo miré.

El problema de anoche sigue sin resolverse. En la cantina de Minzhu Lu, ayer, pasó algo que todavía no entiendo del todo: pedí, me cobraron, me dijeron que volviera a buscar algo que habían prometido guardar, y cuando volví no estaba ni la persona ni la explicación. El local cerró antes de lo que indicaba el cartel de la puerta, o quizás nunca fue un cartel real y yo lo leí mal porque a veces el cansancio traduce lo que quiere. El caso es que salí con la sensación de haber pagado por una conversación inconclusa, y esa sensación esta mañana pesa más que el hambre.

Salí igualmente. Sin dinero no hay desayuno, pero quedarse en la habitación tampoco resuelve nada. Fui caminando hacia la zona del muelle, esa parte de Ganjingzi donde los pescadores tienen los cajones de plástico apilados y el suelo siempre está húmedo aunque no haya llovido. A las seis y cuarto no hay turistas, hay hombres mayores con termos de aluminio y un perro que me siguió tres minutos exactos antes de perder el interés. Eso me pareció honesto.

Lo del día resultó ser una especie de sabotaje lateral: necesitaba hablar con alguien por teléfono, una llamada concreta a un número que había anotado hace cuatro días después del contratiempo en el metro (ese donde perdí la tarjeta y tuve que esperar en el torniquete mientras la gente pasaba por los lados mirando al suelo). La llamada no entró. El número había cambiado o nunca fue correcto, y pasé cuarenta minutos de pie junto a un puesto de fruta cerrado intentando conectar con alguien que no estaba. Sin alternativa, sin cash para usar el locutorio que hay en la calle paralela, simplemente parado.

Eso fue el obstáculo del día. No espectacular. No un drama con escena. Solo cuarenta minutos perdidos y un número que no servía, que es la forma más silenciosa de que las cosas salgan mal.

Volví al barrio a media mañana. Pasé por Minzhu Lu casi sin querer, más por la ruta que por decisión. La cantina de ayer estaba abierta, con las sillas ya colocadas y un señor barriendo la entrada con una escoba de caña. No entré. No sé qué habría dicho. Tampoco sé si lo que pasó ayer fue una confusión mía o una omisión deliberada de ellos, y esa ambigüedad es el tipo de cosa que se asienta en algún lugar del pecho y no se va hasta que la nombras bien, cosa que todavía no he podido hacer.

La habitación a mediodía tiene una luz diferente. Ya no entra el rectángulo de antes, solo un reflejo difuso desde la pared del edificio de enfrente. Me senté en el borde de la cama con la espalda bastante recta, como si fuera a hacer algo, aunque no hacía nada. La barba me pica. El ventilador del techo tiene un tornillo suelto que vibra en una frecuencia concreta, molesta, que no noté los primeros cinco días y ahora no puedo dejar de oír.

El señor de la escoba esta mañana tampoco me miró.

Imprescindible en Dalian (Ganjingzi), China

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