¿Cuánto tiempo puede uno quedarse sin un yuan antes de que la situación deje de ser una anécdota y empiece a ser un problema de verdad? Lo pregunto en serio, porque ayer fue cuando me topé con el tipo de la cantina de Minzhu Lu y no terminó bien, en el sentido de que no terminó del todo, y esta mañana me desperté pensando en eso más que en el hambre, que ya es decir.
La cantina tiene un letrero de plástico amarillo que lleva tan poco tiempo siendo amarillo como lleva siendo plástico, y dentro huele a sopa de col fermentada y a aceite que ha visto cosas. Las mesas son de laminado marrón con las esquinas levantadas, hay termos de agua caliente encadenados a la pared como si fueran a escaparse, y dos bombillas fluorescentes que parpadean con una regularidad que no es rítmica sino nerviosa. La gente come inclinada sobre los cuencos, los codos fuera, sin mirarse entre ellos. No es un sitio con encanto. Tampoco lo pretende.
Yo estaba allí parado cerca de la entrada porque dentro hay calor y afuera, en agosto en Ganjingzi, el calor es peor y encima es húmedo, cuando apareció él otra vez. El mismo hombre de ayer: bajito, con una chaqueta de deporte que tiene más rayas de las que debería, y esa manera de caminar como si llegara tarde a algo que no existe. Ayer me preguntó si sabía hablar ruso, lo cual es una pregunta rara en cualquier contexto pero en la entrada de una cantina de trabajadores de Dalian roza lo surreal. Le dije que no. Me miró como si eso fuera mentira. Y se fue.
Hoy llegó directamente a donde yo estaba, sin la pregunta del ruso, y me dijo en un inglés lleno de baches que tenía trabajo para alguien que supiera cargar cajas y no hiciera preguntas, y que pagaba al final del día. Dinero en mano, me subrayó, en caso de que yo no entendiera el concepto. Lo entiendo perfectamente. El problema es que no tenía ni idea de qué tipo de cajas ni de dónde ni hacia dónde, y él tampoco parecía dispuesto a aclararlo, y yo llevo suficientes semanas en este margen del presupuesto como para saber que «no hagas preguntas» es exactamente la frase que más preguntas debería generar.
Le dije que necesitaba saber adónde. Me dijo un número de una calle que no reconocí. Le pedí que me la escribiera. Sacó un bolígrafo de la manga de la chaqueta, lo cual es un detalle que no me dejé pasar por alto, y escribió en una servilleta de papel que ya estaba usada por el otro lado: «almacén zona puerto, preg. por Wei». Le dije que pensaba, pero que no prometía nada. Asintió con una expresión de quien ya sabe la respuesta y no necesita esperar la confirmación. Luego entró en la cantina, pidió algo que no vi, y se sentó de espaldas a mí en la mesa del fondo.
Me quedé con la servilleta en la mano un rato, con el vapor de la cocina saliendo por la puerta entreabierta y mojándome la cara un poco, pensando que hace tres días perdí algo, y hace siete perdí algo, y hace doce lo mismo, y que la acumulación de pequeñas pérdidas no es lo mismo que un desastre pero tampoco es nada, y que hay un momento en que uno deja de esperar que las cosas mejoren solas y empieza a calcular si merece la pena buscar a un tal Wei en un almacén que no conoce de nada. Soy holandés de pasaporte y catalán de temperamento, lo cual significa que desconfío por defecto y aun así lo hago de todas formas si la alternativa es peor.
La servilleta todavía está en el bolsillo derecho de mis pantalones. Tiene una mancha de lo que espero que sea salsa de soja.
Imprescindible en Dalian (Ganjingzi), China
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