Hay una calle en Ganjingzi donde los scooters eléctricos se alinean como pacientes esperando turno en una consulta, y el hombre que los atiende lleva las manos tan negras de grasa que parece que lleva así toda la vida, como si hubiera nacido ya manchado. Llegué allí esta mañana sin saber bien por qué, porque tampoco tenía ningún sitio a donde ir con propósito, y me senté en un tramo de acera libre entre un cajón de herramientas volcado y algo que en otro tiempo fue un guardabarros. El mecánico no levantó la vista. Ni cuando me acerqué, ni cuando me senté, ni cuando saqué el teléfono. Esa indiferencia me pareció, si no hospitalaria, al menos honesta.

El problema concreto es que no me queda nada. Cero. El tipo de cero que no es "tengo poco" sino "tengo exactamente lo que llevo puesto y lo que hay en el teléfono". La cartera desapareció hace días y lo que queda es un ejercicio de presencia forzada: no puedo moverme, no puedo pagar nada, no puedo irme a ningún sitio que requiera un billete. Así que lo que hago es quedarme. No de manera romántica ni como quien practica meditación consciente, sino de la forma más literal: me quedo porque no hay alternativa física, y entonces intento que eso no me vuelva loco. Esta mañana el truco era la calle del mecánico.

Lo que tiene esa calle, y que un mapa no muestra, es el ruido. No el ruido de obras ni de tráfico, sino uno más específico: el clic metálico de una llave inglesa que busca el ángulo correcto, el zumbido breve de una batería de prueba, alguien que arrastra algo pesado sobre el asfalto irregular a unos diez metros. Un vendedor pasó empujando un carro con piezas de metal y gritó algo en mandarín que claramente era un precio, aunque yo no entendí nada y él tampoco esperaba que entendiera. Esas dos cosas, el mecánico y el vendedor, son toda la interacción social del día y me parecen suficientes.

Ayer unos niños repitieron «¡Joder!» entre carcajadas después de escucharme soltar la palabra cuando perdí el autobús. Hoy los vi de lejos, en la misma calle pero al otro extremo, y uno me señaló y dijo algo a los otros dos. No sé qué dijo. No me acerqué. Me alegra que la historia haya tenido esa especie de remate sin que yo tuviera que hacer nada: el niño señalando, los otros mirando, y yo en mi tramo de acera como si perteneciera al taller. Asunto cerrado de la manera más anticlimática posible, que es también la más creíble.

El mecánico tiene un sistema que me llama la atención más de lo que debería: desmonta las piezas en un orden preciso, las coloca a su izquierda, trabaja, y luego las devuelve exactamente al mismo orden a su derecha. Nada de caos, nada de "lo encuentro después". Cada tuerca en su sitio antes de pasar a la siguiente. Me quedé mirándolo durante un rato que probablemente fue más largo de lo que era socialmente aceptable, pensando en esa lógica, en cómo construir algo así. Un sistema que sabe lo que hace, que tiene su propia secuencia. Hay algo que me gusta de ese principio aunque no sepa bien cómo aplicarlo a lo que tengo ahora, que es básicamente un día sin estructura y sin fondos en una acera de Ganjingzi.

A mediodía, alguien del taller de al lado sacó un termo y llenó dos vasos de plástico. Me ofreció uno sin decir nada, sin preguntar, sin esperar que yo dijera algo tampoco. Era té. Bebimos en silencio, él mirando la calle y yo mirando la misma calle, y eso fue todo.

Imprescindible en Dalian (Ganjingzi), China

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