Vuelo corto desde Dalian, dos horas en el aire y ya estaba de pie en Incheon pensando que el autobús hacia el norte de Seúl saldría cuando yo quisiera. No salió. Lo vi marchar por la ventanilla mientras buscaba el billete en el bolsillo equivocado, y el «¡Joder!» que se me escapó sonó más alto de lo que pretendía. Había un grupo de chavales sentados en un bordillo cerca, con uniformes de colegio arrugados y las mochilas tiradas en el suelo, y lo pillaron al vuelo. El primero lo repitió en voz baja, probando la palabra. El segundo ya se estaba riendo. Para cuando me alejé hacia la siguiente parada, los oía a mis espaldas practicando la «j» como si fuera un juego nuevo que acababan de inventar.
Llegué a la zona de Dobong-ro con casi una hora de retraso y el estómago completamente vacío, que es una combinación que pone de mal humor a cualquiera. La calle a esa hora de la mañana huele a aceite caliente y a algo que no consigo identificar del todo, una mezcla entre repollo fermentado y el gas de las bombonas. Los puestos del corredor de Dobong-ro 49-gil estaban abriendo uno a uno, con los propietarios arrastrando mesas de plástico sobre el asfalto mojado. Me paré delante de un local de kalbuksu, el cristal empañado desde dentro, y miré el menú plastificado pegado con celo en la puerta. Los precios no habían subido, pero tampoco tenía manera de pagarlo. Mi situación desde el robo en Dalian es la que es: cartera vacía, punto. No hay drama en decirlo, es simplemente el parámetro con el que funciona todo lo demás.
Seguí hacia Samyang-ro y encontré el Seodoltang-ban en el número 265, un local que desde fuera no parece gran cosa: un letrero viejo con las letras un poco torcidas y una puerta corredera metálica que alguien había trabado con un trozo de madera para que no se cerrara sola. Dentro había cuatro mesas, todas ocupadas, y un hombre de unos sesenta años que manejaba tres ollas al mismo tiempo sin aparente esfuerzo y sin mirar a nadie. La sopa salía a cucharones directamente de la olla más grande a cuencos de acero que él dejaba sobre el mostrador con un golpe seco. Nadie le daba las gracias y él tampoco esperaba que lo hicieran.
Lo que me llamó la atención fue el contraste con el local de maratang que habían abierto dos puertas más arriba. Franquicia nueva, logo en inglés, la chica en la caja con una tablet para tomar pedidos. La cola llegaba hasta la calle. Enfrente, el Seodoltang-ban con las cuatro mesas llenas de gente mayor que comía rápido y se iba. Dos modelos de negocio coexistiendo en quince metros de acera, sin que ninguno parezca consciente del otro.
En el Hyunwoo-ne Kimbap del 204 de Dobong-ro me pasó algo concreto. Estaba mirando el escaparate cuando el cocinero, un tipo con delantal azul y manchas de sésamo en el antebrazo, me hizo un gesto desde dentro. No sé si me confundió con alguien o simplemente le pareció raro que llevara diez minutos parado ahí. Me señaló un taburete junto a la barra y puso delante de mí un plato con cuatro piezas de kimbap sin decir nada. Comí. No pregunté el precio porque sabía que no podía pagarlo y porque él tampoco había dicho nada al respecto. El kimbap tenía demasiado arroz en proporción al relleno, pero el arroz estaba bien sazonado, lo cual es más de lo que se puede decir de muchos sitios que se anuncian como auténticos.
Salí antes de que llegara la hora punta. Las ollas del cocinero del Seodoltang-ban seguían humeando, visibles desde la calle a través del cristal empañado. La chica de la tablet miraba el móvil entre pedido y pedido. Los chavales del autobús, en algún lugar de la ciudad, probablemente todavía practicando su nueva palabra favorita.
Imprescindible en Seúl, Corea del Sur
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