Ayer alguien me limpió la cartera. No en plan película, nadie corriendo entre la multitud, nada dramático. Estaba revisando cajas de cangrejos en el extremo sur del muelle de Ganjingzi, esas cajas de plástico naranja apiladas hasta la altura del pecho que huelen a sal y a algo ligeramente más orgánico de lo que uno querría, y cuando metí la mano en el bolsillo lateral de la mochila para sacar el papel donde había apuntado el nombre de un vendedor, el compartimento estaba abierto. Los cincuenta yuanes que guardaba ahí, los únicos que me quedaban en efectivo después de la semana que llevo, no estaban. No hay forma de saber exactamente cuándo ni dónde. Eso es lo más irritante: no hay escena que reconstruir.
Me quedé parado un momento junto a un poste oxidado con restos de cinta amarilla enredada en la base, mirando el bolsillo vacío como si fuera a llenarse solo. Los trabajadores del muelle seguían moviéndose alrededor: alguien arrastraba una red enrollada, otro empujaba un carrito metálico con ruedas que chirriaban de manera bastante específica, una nota alta e irregular. Nadie me miraba. El cielo estaba completamente cubierto, esa luz plana de agosto que no da sombras y hace que todo parezca un poco más sucio de lo que es.
Así que esta mañana en Ganjingzi no fui al Fisherman's Wharf, que es la parte del puerto donde ponen cañas de bambú decorativas y cobran el triple por el mismo pescado que venden a doscientos metros de distancia. Esa opción desapareció sola. Fui al otro lado, al muelle de trabajo real, donde las embarcaciones tienen pinturas descascaradas y los nombres escritos a mano con caracteres que ya no sé leer aunque llevo tiempo aquí, y me senté en un bloque de hormigón cerca de la rampa de descarga a ver cómo funcionaba aquello. Hay una economía informal bastante visible si te quedas quieto el tiempo suficiente: los pescadores venden directamente desde la borda sin pasar por ningún intermediario visible, y hay al menos cuatro o cinco personas que parecen actuar como punto de contacto entre el barco y los compradores de tierra. Nadie me explicó nada porque nadie tiene por qué explicarme nada. Fui sumando observaciones.
Me encantan los mercados, siempre me han gustado, y esto no es exactamente un mercado pero tiene algo de esa misma mecánica: alguien tiene algo, alguien lo quiere, el precio se negocia en voz baja con gestos que yo no entiendo todavía del todo. En mi barrio de Madrid los sábados había un mercadillo en la calle Embajadores que olía a fruta demasiado madura y a churros, y mi madre me mandaba con una lista y dinero exacto, y yo siempre volvía con algo distinto a lo que pedía porque me distraía mirando. Aquí me distrae lo mismo, solo que el inventario es diferente y mis recursos para participar en el intercambio son, en este momento concreto, literalmente cero.
Hubo un instante en que uno de los hombres del muelle, el que llevaba un impermeable verde con un desgarrón en el hombro derecho cosido con hilo de otro color, me miró durante varios segundos con una expresión que no era hostil pero tampoco era bienvenida. Simplemente evaluativa. Me pregunté qué estaba calculando. Luego se dio la vuelta y siguió con lo suyo, que era discutir algo en voz alta con el patrón de una embarcación pequeña, y la discusión duró bastante y terminó con ambos riendo de algo que yo no capté.
El bloque de hormigón donde estaba sentado tenía una grieta diagonal desde la que crecía algo verde, no sé si hierba o alga, probablemente las dos cosas mezcladas. El olor a gasoil flotaba sobre todo lo demás. Un cartel plastificado en la caseta de control de acceso al muelle tenía la esquina inferior derecha levantada, moviéndose cada vez que pasaba alguien cerca, como si estuviera a punto de despegarse desde hace años.
Imprescindible en Dalian (Ganjingzi), China
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