«¿Cuánto llevas aquí?», me preguntó el tipo del mostrador de la pensión, mirando mi mochila como si pudiera estimar el desastre por el volumen.
«Diez minutos», le dije.
Llegué a Dalian al mediodía, tras dos horas en el aire desde Wuhan, y lo primero que hice al salir fue buscar un cajero que no me cobrara comisión, porque ayer me quedé sin nada. No fue gradual ni dramático: fue un cargo que no reconocí, cuarenta y tantos yuanes que desaparecieron de golpe, y hoy amanecí en Wuhan con el saldo en cero justo antes de coger el vuelo. No es una anécdota. Es el contexto exacto en el que estoy parado ahora mismo en Ganjingzi, un barrio que no tiene ningún interés en impresionar a nadie y que por eso me cae relativamente bien.
La calle principal de aquí tiene esa textura de barrio que trabaja: carteles en mandarín encima de cada local, algunos con el plástico de la instalación todavía medio despegado, bicicletas aparcadas en diagonal contra la acera, gente que camina rápido sin mirar el móvil porque sabe adónde va. No hay ningún cartel en inglés. Uno solo, de una óptica, en inglés y en coreano a la vez, lo cual me pareció una elección valiente. El sol de mediodía aplana todo y le quita el romanticismo a cualquier fachada, incluyendo los fragmentos de arquitectura colonial que asoman entre los locales de comida rápida. Hay uno que parece un banco ruso de los años treinta convertido en perfumería. No le pregunté a nadie si era cierto.
El problema concreto es el siguiente: sin dinero en cuenta, no como. El cajero me cobró comisión de todas formas, cuatro yuanes, lo cual es una ofensa menor pero simbólicamente perfecta dado el día. Saqué lo mínimo que dejó la máquina, veinte yuanes, y con eso tengo que orientarme. Ganjingzi tiene una zona de restaurantes universitarios cerca de donde me instalé, el tipo de sitio donde un plato de arroz con verduras cuesta cuatro yuanes y nadie te mira raro si tardas veinte minutos en decidir. Fui a uno. El menú estaba escrito a mano en una pizarra y había un ítem tachado, probablemente lo bueno. Pedí lo que quedaba, que era cerdo con pepino en vinagre, y no estaba mal aunque el pepino tenía más vinagre que pepino.
Lo que no tengo resuelto es el cargo de ayer. Mandé una reclamación antes de salir de Wuhan, pero estas cosas en China no se resuelven en el mismo día, y probablemente tampoco en dos. Así que durante al menos las próximas cuarenta y ocho horas voy a tener que calcular cada gasto como si fuera el último, lo cual es agotador pero tampoco es la primera vez. Hace tres días pasó algo parecido, y hace cuatro también, y hay un punto en que dejas de sorprenderte y empiezas simplemente a ajustarte. No es resiliencia, es aritmética.
Tomé una decisión que me parece razonable aunque puede ser equivocada: no voy a moverme del barrio hasta que llegue la confirmación de la reclamación o hasta que pueda hacer una transferencia que funcione. Ganjingzi no es el sitio más interesante de Dalian, nadie lo diría, pero tiene supermercados baratos, tiene esos restaurantes con pizarra, y tiene suficiente densidad de cosas mundanas como para no necesitar transporte. Me quedo quieto y observo. Con veinte yuanes menos cuatro de la comida, quedan dieciséis. Hay una tienda en la esquina donde venden agua a un yuan con cincuenta.
Un señor salió del local de al lado con una caja de cartón enorme que casi no podía ver por encima del borde, dobló la esquina, y desapareció. Nadie le ayudó. Nadie lo miraba. Dieciséis yuanes.
Imprescindible en Dalian (Ganjingzi), China
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