«El De Khambir no abre hasta las nueve», me dijo un tipo desde la puerta de enfrente, con la indiferencia de quien lleva años viendo turistas plantados en la misma acera mirando un cartel a las ocho y cuarto de la mañana. No me lo dijo con mala leche, pero tampoco con ningún calor. Solo fue un dato, como el parte meteorológico.
Me quedé ahí parado en Zangsti Road, con las manos en los bolsillos y la garganta un poco seca, que es lo que pasa aquí a 3.650 metros cuando respiras demasiado rápido porque creías que ibas a llegar tarde y en realidad lo que has conseguido es llegar antes de que nadie esté despierto. Los oídos todavía no se me han estabilizado del todo. Hay un pitido muy suave que aparece cuando hay silencio, un recordatorio constante de que el cuerpo está negociando con el aire y que la negociación todavía no ha terminado.
El plan era sencillo: desayunar algo antes de abrir el mercado, ver si el Main Bazaar tenía algo movimiento de verdad a primera hora, no quedarme en la habitación dejándome aplastar por la altitud, que es lo más fácil del mundo aquí. La altitud es muy convincente. Te dice que te sientes, que no hay prisa, que descansando también estás aprovechando el tiempo. Es una mentira muy bien construida y yo llevo días resistiéndola con distintos grados de éxito.
Así que con el De Khambir cerrado y cuarenta minutos por delante, fui hasta el Main Bazaar a pie, que son quince minutos si vas despacio, veinte si los pulmones se quejan. Los pulmones se quejaron un poco. El bazar a esa hora tiene una calidad rara: los puestos de fruta con lonas sin retirar todavía, un perro durmiendo exactamente en el centro de la calle principal, un señor barriendo la entrada de su tienda con una escoba tan pequeña que parecía un juguete, sin mirar nunca hacia arriba. Compré un botellín de agua y me sobró un poco de calderilla que conté dos veces porque en algún momento de la mañana iba a tener que hacer cálculos más serios sobre lo que quedaba.
El De Khambir abrió con retraso. No a las nueve, que ya era tarde. Abrió cerca de las nueve y media, sin explicación, y la chica que levantó la persiana metálica lo hizo con la energía de alguien que sabe perfectamente que la gente va a esperar de todas formas. Tenía razón. Yo esperé. Pedí el desayuno más barato del menú, que era tsampa con té de mantequilla. El té de mantequilla es una experiencia, y no en el sentido positivo que esa palabra suele tener. Sabe a algo entre caldo y vela. Lo terminé porque no iba a desperdiciar nada, pero no lo voy a pedir de nuevo.
Los mercados me gustan por una razón muy concreta: son el único sitio donde las cosas tienen precio real y negociable al mismo tiempo, donde puedes estar una hora sin comprar nada y nadie te mira raro porque todos están haciendo lo mismo en distinta medida. El Main Bazaar de aquí tiene esa lógica, aunque con una capa encima de tiendas de equipo de trekking que venden exactamente lo mismo a precios que triplican lo que tiene sentido. Lo revisé a fondo de todas formas, no porque fuera a comprar nada sino porque revisar un mercado sin intención de compra es una de las pocas actividades que no cuesta nada y no requiere explicación.
A media mañana ya había caminado más de lo que el cuerpo pedía. Me senté en un muro cerca de la zona de la Mani-wall, ese tramo de piedras talladas que la mayoría de la gente fotografía y sigue adelante. Las montañas al fondo eran áridas y enormes y los caminos del valle se retorcían sin llegar a ningún sitio obvio. El pitido en los oídos estaba ahí todavía.
Mañana tiene que ir mejor. O no, pero de todas formas me voy a levantar.
Imprescindible en Leh, India
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