Aterricé en Leh con la presión en los oídos sin resolver y una cuenta que no cuadraba. El taxista del aeródromo me cobró ochocientas rupias más de lo que indicaba el cartel plastificado pegado con cinta en la ventanilla de su propio coche, y cuando señalé el cartel con el dedo él simplemente no lo miró, como si nunca lo hubiera puesto ahí, como si la cinta amarilla y el texto en hindi y en inglés fuesen decoración y no información. Pagué. No porque tuviera razón sino porque a tres mil seiscientos cincuenta metros de altitud, con el equipaje en el suelo y el sol de las doce golpeando la tierra reseca, no tenía energía para sostener un argumento.
Eso es lo primero que noto de la altitud: no el romanticismo de la altura sino el hecho concreto de que caminar con una mochila desde la parada hasta la puerta del guesthouse requiere parar dos veces. No es metáfora. Es que el aire tiene menos de lo que debería y el cuerpo lleva la cuenta con una precisión irritante.
Dejé la mochila, guardé el amuleto de cuero trenzado que llevo colgado desde Almaty dentro de la bolsa lateral y salí hacia el bazar principal, el Matsik Chulung, que es básicamente una calle con puestos de fruta, tiendas de hardware y alguna moto mal aparcada. No tiene mucho de pintoresco si uno espera algo diferente, pero funciona, y funcionando es todo lo que me interesaba en ese momento porque lo que necesitaba era comida caliente y algo donde sentarme sin que me miraran como a un recién llegado confundido, aunque lo era.
El sitio donde terminé era un local sin nombre visible en la fachada, en una callejuela que sale hacia Zangsti Road, con dos mesas de madera y un hombre de unos sesenta años que cocinaba de espaldas. Pedí thukpa. El bol llegó humeante, con el vapor subiendo contra el cristal de la ventana que daba a la calle, y el caldo tenía esa densidad un poco turbia que significa que alguien lo preparó esa mañana y no lo sacó de un brick. Comí sin apresuramiento, que es la única velocidad posible aquí arriba si uno quiere que el cuerpo no proteste.
Mientras comía pensé, sin querer, en el hombre del tren de anteayer. El que leía el mismo libro que yo pero en kazajo. Una edición distinta, portada diferente, pero el mismo texto, eso lo verifiqué por la estructura de los capítulos. No hubo conversación más allá de gestos. Ahora estoy en Leh y él está en otro lugar que no conozco, y eso es todo lo que hay. No hay hilo que tirar.
La idea que me ronda desde que aterricé es más práctica: cuánto dura lo que queda. El taxista me sacó ochocientas rupias extra, que en conversión directa son menos de diez euros pero en lógica de presupuesto son dinero que ya no está y que no fue una elección sino una extracción. Me había dicho a mí mismo que no iba a dejar que ese tipo de cosas pequeñas me corroyeran, pero la verdad es que me corroen, porque no es el importe, es el mecanismo. El cartel que nadie mira. La suposición de que el que llega cansado no va a calcular.
Calculé. Quinientas y pico de dólares quedan, menos lo del taxi, menos la noche, menos el bol de thukpa que costó ciento veinte rupias y que fue la mejor parte del día sin ninguna duda. La lógica interna de este presupuesto es absurda pero tiene sentido si uno acepta sus propias reglas, que es exactamente el tipo de sistema que me resulta difícil soltar una vez que empiezo a entenderlo.
Fuera, por la ventana húmeda, la calle de Leh seguía igual que antes. Nadie esperaba nada de mí. El caldo se enfriaba.
Imprescindible en Leh, India
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