El pulsador del monedero hacía un sonido raro desde hace tres días, ese chasquido de plástico que no cierra bien, y esta mañana terminó de romperse justo en el metro, en la línea que baja por Seifullin, cuando saqué los billetes para el taxi que no llegué a tomar. No sé en qué momento exacto desaparecieron los cuatro mil tenge que llevaba sueltos. Revisé dos veces los bolsillos del pantalón, una vez la mochila, y nada. Cuatro mil tenge no es una cantidad que me arruine, pero es suficiente para que uno se quede cinco minutos parado en un andén mirando el suelo con esa expresión de no poder creer que le esté pasando esto.
Subí a la superficie por las escaleras de Seifullin y me quedé un rato mirando el boulevard. Domingo, sol, gente caminando sin ninguna prisa aparente. Había carteles del Festival Internacional de Cine Eurasia pegados en las farolas, algunos ya despegados por una esquina, ese efecto de descuido que tienen todos los carteles de festivales cuando ya van a mitad de semana. No me interesó especialmente. Me senté en un banco y hice el inventario que uno hace cuando pierde algo: qué queda, qué no queda, si el total todavía funciona. El resultado fue aceptable, aunque no especialmente alegre.
El trenzado de cuero con cuentas de madera que me dieron hace cuatro días seguía en la muñeca, lo cual fue mi único alivio concreto de la mañana. No porque tenga un valor objetivo que justifique el alivio, sino porque perderlo justo hoy habría sido demasiado simétrico, demasiado fácil de interpretar como señal de algo, y yo no tengo ganas de señales. Lo revisé igual, solo para asegurarme.
Caminé hasta el pasillo de la Internatsionalnaya, esa calle con las esculturas de animales que parece sacada de un manual de urbanismo soviético tardío intentando ser amigable. Un caballo de bronce con las orejas puntiagudas, un par de osos más adelante, todo muy serio para ser decoración pública. Me gusta esa seriedad involuntaria: nadie decidió que fuera irónica, simplemente salió así. Un hombre mayor fotografiaba a su nieto subido en uno de los animales con el teléfono en horizontal, muy concentrado, como si la composición fuera a aparecer en una galería. El nieto miraba hacia otro lado.
Ahí fue cuando noté al otro. Sentado en un banco lateral, con un libro en la mano, leyendo con esa concentración particular que tiene la gente cuando lleva un buen rato metida en la misma página. El libro era «El nombre del viento», lo reconocí por el diseño de la portada aunque la cubierta tenía otro color y los caracteres eran cirílicos, lo cual me hizo pensar que era kazajo o ruso, no sé distinguirlos todavía de lejos. Yo tenía el mismo libro en la mochila, en español, sin abrir desde Ürümqi hace unos días porque no he encontrado el momento. Le pregunté, en inglés y señalando la portada, si era Sanderson. Me dijo que no, Rothfuss. Claro. El mismo libro.
No hablamos mucho más. Él volvió a su página. Yo saqué el mío y leí tres capítulos seguidos sin moverme del banco, con el sol moviéndose despacio sobre las esculturas de bronce y el nieto del fotógrafo ya fuera de plano. En algún momento pensé que si tuviera un blanco decente enfrente lo cambiaría todo por una copa, pero aquí los vinos que encuentro son o georgianos muy taninos o moldavos de brik, y ninguna de esas opciones me convence del todo.
Los tenge siguen desaparecidos. El trenzado de cuero, en la muñeca. El libro, en la mochila, con marcador en la página noventa y cuatro.
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