¿Cuándo fue la última vez que me quedé quieto lo suficiente como para notar que una tubería tiene historia?
La pregunta me vino esta mañana, agachado junto a una pared de la calle Panfilova, mirando una cañería de metal pintada de verde, un verde que fue brillante en algún momento y ahora se desprende en láminas finas como piel quemada por el sol. El ladrillo detrás, rojizo y gastado, absorbía la luz de la mañana de una manera que me hizo pensar que la pared llevaba décadas aguantando más cosas de las que podía contar. Me quedé ahí más tiempo del razonable para un adulto mirando fontanería.
Llevo semanas moviéndome entre contratiempos, el tipo de semanas donde algo siempre sale mal antes de que algo salga bien, así que este sábado sin obligaciones concretas me cogió un poco descolocado. Almaty en modo quieto es una ciudad que no se anuncia; hay que mirarla de cerca, y eso exige parar. Paré. Y lo primero que encontré fue esa tubería verde, ese ladrillo rojo, esa capa encima de otra capa encima de otra, exactamente igual que el resto de esta ciudad, que no termina de decidir si es soviética, kazaja, o algo que todavía no tiene nombre.
El pulsador de un portal cercano tenía el letrero en cirílico, al lado una pegatina en kazajo y debajo, en inglés negro sobre fondo blanco, "PUSH". Me causó cierta gracia, no la gracia de una postal, sino la de alguien que conoce bien la incomodidad de hablar tres idiomas a la vez sin hablar ninguno del todo. Conozco ese estado. La pulsera de cuero que llevo en la muñeca, la que me cosió Bakyt hace unos días con un nudo doble que él llamó "para que no se pierda", ha empezado a aflojarse un poco, y tuve que remeterme el extremo por dentro del trenzado esta mañana. Es un gesto que repito sin pensar, como los carteles del portal.
Caminé hasta encontrar el erizo de bronce que alguien colocó en una esquina de Gogol con Zhambyl, pequeño y ridículo y con expresión de persona que acaba de recordar que dejó algo en casa. No figura en ningún mapa que yo haya consultado, y sin embargo ahí está, con el hocico apuntando hacia la calzada como si estuviera esperando el bus. Me senté en el bordillo a su lado durante diez minutos, lo cual es un comportamiento objetivamente extraño, pero nadie me dijo nada porque en Almaty la gente tiene otras cosas a las que prestar atención.
El té que pedí después en una chaikhana pequeña de la calle Alatau no era nada especial, negro, en vaso, con un terrón de azúcar que no me habían preguntado si quería, pero la mujer que atendía tenía una manera de mirar la calle a través del cristal empañado que me pareció honesta, sin el exceso de animación que a veces aparece cuando un extranjero entra en un local y el personal decide que tiene que parecer más hospitalario. Estaba ausente, simplemente, y eso me pareció bien. El té tampoco estaba frío, que ya es algo.
La pintura de esa tubería verde, ahora que lo pienso, no se descascara de manera aleatoria. Sigue las grietas del metal, los puntos donde el tiempo encontró resistencia y la venció por milímetros. Hay un orden ahí, aunque no sea el que nadie diseñó. Almaty funciona más o menos igual: los carteles en tres idiomas, el erizo sin mapa, el ladrillo que no ha necesitado que nadie lo explique para seguir siendo ladrillo. La pulsera de cuero en mi muñeca, un poco más floja que antes, pero todavía ahí.
Imprescindible en Almatý, Kazajistán
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