Llevaba cuarenta minutos caminando por la orilla del Turgen cuando me di cuenta de que no había sacado el teléfono ni una vez, lo cual es raro en mí, o por lo menos raro en la versión de mí que existía hace dos semanas, antes de que las cosas empezaran a salir mal una tras otra con una constancia casi cómica. Seis veces. Contadas. Algo fallaba, algo se retrasaba, algo costaba más de lo previsto, y el resultado acumulado era ese peso específico que no es exactamente cansancio sino más bien la sensación de que el viaje te está ganando los puntos y tú sigues ahí, tercamente.
Esta mañana no quise pensar en eso. Salí pronto, todavía fresco el aire, con esa temperatura de Almaty en junio que por las mañanas todavía te recuerda que las montañas están cerca y que el verano aquí no es el verano de otros sitios. El Turgen, la garganta entera, tiene una cualidad que no esperaba: el sonido del agua no para nunca. No como ruido de fondo, sino como algo que empuja, que ocupa el espacio y no deja que los pensamientos se instalen demasiado tiempo en el mismo sitio.
Hay un tramo del camino donde los álamos crecen tan juntos que la luz se fragmenta en trozos irregulares sobre el suelo y tienes que pisar con cuidado porque las raíces levantan la tierra y hacen el sendero tramposo. Resbalé una vez, no caí, pero el corazón sí dio ese brinco idiota. Un señor mayor que venía en sentido contrario me miró sin decir nada, sin el gesto compasivo ni el gesto burlón, simplemente me miró y siguió su camino. Me pareció lo correcto.
Comí tarde, ya de vuelta en la ciudad, en un sitio de la calle Mezhdunarodnaya donde la carta estaba escrita a mano en una hoja plastificada y el mantel olía levemente a detergente de fresas, ese olor de supermercado barato que no debería existir en una mesa de restaurante pero existe en muchas. Pedí lagman porque no me apetecía decidir nada complicado, y el lagman era competente sin ser memorable, los fideos un poco pasados, el caldo con suficiente comino para distraer la atención de los fideos pasados. Me quedé más tiempo del necesario porque el banco de la acera de enfrente estaba ocupado por una pareja de palomas que no se movían de ahí y me entretenía mirarlas sin ningún propósito concreto.
Lo que sí me sorprendió fue volver a ver uno de esos monumentos de animales que hay repartidos por la ciudad, un erizo de bronce en una esquina, pequeño, con una cara que el escultor definitivamente no planeó que fuera cómica pero que lo es. Alguien le había puesto una moneda encima de la cabeza, equilibrada, sin pegar. No sé cuánto tiempo llevaba así. El viento no la tiraba o yo no estaba ahí para verlo. Me quedé mirándola más de lo razonable, calculando si alguien la volvería a poner si caía, si había una persona en Almaty con esa responsabilidad autoasignada.
El valle que vi esta tarde, ya con la luz cayendo y el cielo tomando ese color entre naranja y polvo que tienen las tardes de esta latitud, tenía la forma exacta de un sitio donde no hace falta hacer nada. Las montañas al fondo funcionan como pared, el agua trabaja sola, y uno está ahí parado sin que nadie le pida que procese nada ni que saque ninguna conclusión. Hace seis días todavía estaba absorbiendo el golpe de la última avería. Hoy no pensé en ello hasta ahora mismo, que lo escribo.
La moneda del erizo probablemente ya no está.
Imprescindible en Almatý, Kazajistán
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