El vuelo desde Almaty salió con veinte minutos de retraso, como si el día quisiera avisarme de algo desde el principio. Llegué a Ürümqi con la mañana todavía fresca y un pequeño paquete en el bolsillo del pantalón: el amuleto de cuero trenzado que Bakyt me había colocado en la mano ayer con esa sonrisa que no admite rechazo. No es que lo quisiera, pero tampoco supe cómo no aceptarlo. Me lo había metido ahí desde antes de subir al avión, y durante todo el vuelo noté su peso exacto, como notan los objetos que uno sabe que no debería tener.

El Bazar Internacional de Ürümqi es difícil de describir sin que suene a exageración. No tiene el orden fingido de los mercados turísticos: huele a especias baratas mezcladas con plástico caliente y hay vendedores que te bloquean el paso con fundas de móvil, pañuelos sintéticos y ropa apilada hasta el techo. La ropa es lo que más me desorientó, honestamente, porque los colores son tan saturados y están tan juntos que después de diez minutos uno ya no distingue el rojo del naranja. Me quedé parado en un pasillo estrecho entre dos puestos de telas y una señora de unos sesenta años me preguntó algo en uigur sin dejar de coser. No entendí nada. Sonreí como idiota. Ella siguió cosiendo.

Subí al monte Yamalike por la tarde, en parte porque no me apetecía seguir apretujado entre puestos y en parte porque la subida da perspectiva real sobre cómo se extiende la ciudad, que no es pequeña ni ordenada sino enorme y ligeramente caótica en sus bordes. El camino está bien marcado pero las escaleras de cemento tienen grietas por las que crece hierba y en algunos tramos faltan los pasamanos del lado derecho, lo cual nadie parece considerar un problema. Desde arriba, Ürümqi parece más interesante que desde dentro: los bloques grises contrastan con los tejados y en el horizonte hay algo que podría ser contaminación o podría ser niebla de montaña, no lo tuve claro.

Al bajar volví al bazar porque tenía intención de comprar algo concreto: una de esas bolsas de tela con estampados geométricos que había visto por la mañana. Fue en ese segundo recorrido cuando metí la mano en el bolsillo y el amuleto de Bakyt ya no estaba. Revisé el otro bolsillo, la mochila, la chaqueta que llevaba enrollada bajo el brazo. Nada. No sé si se cayó en las escaleras del Yamalike o si alguien me lo sacó en el bazar, porque en un pasillo tan estrecho con tanta gente la segunda opción no es descabellada. El caso es que desapareció, y lo primero que pensé no fue preocupación sino algo parecido al alivio, lo cual dice bastante sobre mi relación con los regalos no pedidos.

La bolsa de tela la compré igual. Cuarenta y cinco yuanes, que es menos de lo que debería costar pero más de lo que pagué sin regatear porque el vendedor tenía una cara de cansancio que me hizo sentir mezquino. No habló en todo el proceso: señaló el precio en una calculadora vieja, yo asentí, él metió la bolsa en una bolsa de plástico rosa con el asa rota y me la dio sin mirarme. Transacción perfectamente impersonal.

Mañana hay algo que parece ser la víspera del Festival del Barco del Dragón, y en algunas calles del centro había preparativos que no entendí del todo: cuerdas de luces enrolladas todavía en cajas de cartón, dos hombres discutiendo sobre dónde colgar algo. Pasé de largo. Tenía el vuelo de vuelta en pocas horas y la bolsa de tela con estampado geométrico apretada bajo el brazo, y el bolsillo del pantalón vacío por primera vez en todo el día.

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