«Toma, para ti», dijo, y puso sobre la mesa algo que en ese momento no entendí muy bien: un trozo de cuero trenzado con un par de cuentas de madera oscura, sin caja, sin papel, sin ningún tipo de envoltorio. Yo intenté devolverlo dos veces, lo cual solo sirvió para que el hombre se riera más fuerte.
Ayer todavía tenía la cabeza en otro sitio. Fui a ver a una médica en el barrio de Alatau porque llevaba unos días con un dolor sordo debajo de la costilla izquierda, esa clase de molestia que uno ignora hasta que ya no puede. La consulta fue breve, sin alarma, pero al final ella dijo algo que me quedé dándole vueltas durante todo el camino de vuelta: que el cuerpo suele protestar cuando uno lleva demasiado tiempo sin parar. No lo dijo como diagnóstico. Lo dijo como observación, casi de pasada, mientras escribía en su bloc. Hoy esa frase sigue ahí, sin terminar de irse.
Esta mañana no hice ningún plan. Me senté en una cafetería cerca de la calle Dostyk con un café que llegó sin azúcar y sin preguntarme si lo quería así, y me quedé mirando la luz que entraba oblicua por la ventana, esa luz de junio en Almaty que tiene algo de pesada, como si también ella necesitara descansar. Fue entonces cuando apareció Bakyt, que así me dijo que se llamaba, con una bandeja con caramelos kazajos que nadie le había pedido y una sonrisa que parecía haber sido diseñada específicamente para desactivar cualquier resistencia. Le dije que no, que gracias, que no era necesario. Me respondió, si entendí bien, que no me estaba vendiendo nada, que simplemente le caigo bien. No sé si fue verdad o si era su técnica, pero el caso es que el trozo de cuero está ahora en mi bolsillo.
La pérdida que he acumulado estas semanas no es del tipo dramático. No es una maleta extraviada ni un pasaporte robado. Es más parecido a esto: hace cuatro días hubo un problema con una reserva que me obligó a reorganizar todo, y hace cinco días algo similar, y antes también, una cadena de pequeñas fricciones que se van pegando entre sí como pelusas. El resultado es que hoy, un miércoles sin agenda en Almaty, tengo la sensación de haber llegado tarde a algo sin saber muy bien a qué. Un festival de cine que cerró sus inscripciones hace tres semanas. Una ruta que alguien me recomendó en el Parque Kok-Tobe y que cierra por mantenimiento hasta agosto. Cosas así.
Lo que decidí hoy, si es que eso merece llamarse decisión, fue no moverme demasiado. Quedarme en el radio de unas pocas calles, sin la mochila grande, sin objetivo. El café de Dostyk tiene un bol de cerámica roja sobre la barra que no combina con nada de lo que hay alrededor y que sin embargo lleva ahí, supongo, desde siempre. Nadie parece haberlo puesto ahí con intención. Estuve un rato mirándolo mientras la médica de ayer seguía rondándome la cabeza con su observación sin terminar, esa que no sé si era un consejo o simplemente un comentario y que aún no he resuelto si debo tomar en serio o no.
Bakyt se fue sin pedir nada a cambio. Ni siquiera se quedó a ver si me ponía el trozo de cuero. Creo que en realidad tampoco le importaba mucho. El bol rojo siguió en su sitio. La luz siguió entrando oblicua. Y yo seguí ahí, con el café sin azúcar y algo en el bolsillo que nadie me pidió que aceptara.
Imprescindible en Almatý, Kazajistán
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