El médico del centro de salud de Seifullin tenía las manos frías y una manera de escuchar que me puso incómodo desde el principio: sin parpadear, con el bolígrafo quieto sobre el papel, como si ya supiera lo que iba a decir antes de que yo terminara. La consulta era por algo sin importancia, una irritación en la garganta que lleva días sin decidirse a ser nada concreto, pero que tampoco desaparece. Entré esperando diez minutos y una receta.

No salí hasta casi las dos.

La doctora se llama Ainur y habla un ruso bastante rápido mezclado con kazajo y con un inglés funcional que soltaba cuando veía que yo perdía el hilo. Me preguntó de dónde venía. Le dije que llevaba aquí algo más de tres semanas. Torció un poco la boca, no de desaprobación sino de esa expresión que hace la gente cuando calcula algo en silencio. «Almaty cansa si no comes bien», dijo. No como advertencia. Como dato.

Me recetó algo para la garganta y luego señaló con el bolígrafo una dirección que no anoté a tiempo, un sitio cerca del mercado Zeleny donde sirven pilaf como Dios manda, según ella. El tipo de recomendación que normalmente desecharía porque cada local tiene su recomendación y suelen llevar al mismo sitio turístico de siempre. Pero fui. Porque ayer había tenido ese encuentro raro en el que un hombre en el distrito de Panfilov me dio media conversación sobre la gastronomía de la estepa y me dejó con ganas de comprobar algo que no supe bien qué era en ese momento.

El pilaf llegó en un plato de cerámica con el esmalte despostillado en un borde, humeante, con la grasa del cordero formando charcos pequeños entre el arroz y las zanahorias. Había unos trozos de pan en la mesa, un vaso de té sin azúcar. El olor era denso, algo almizclado, con ese punto de comino que en otros contextos me resulta pesado pero aquí encajaba. Me lo comí despacio porque no tenía prisa y porque la sala estaba casi vacía y nadie me miraba.

El encuentro de ayer quedó así: resuelto a medias. Sé ahora que el hombre del Panfilov no estaba intentando venderme nada ni orientarme hacia ningún tour. Solo hablaba. Almaty tiene eso, una cierta disposición a la conversación lateral, sin propósito claro. La doctora Ainur también. Me contó que estudió en Novosibirsk, que volvió porque su madre se puso enferma, que se quedó porque luego ya no tenía razón urgente para irse. Lo dijo sin dramatismo, como quien explica el orden de una lista.

Salí del local con la garganta igual que antes pero el resto funcionando mejor. Caminé por Mezhdunarodnaya ulitsa sin dirección concreta, pasé delante de uno de esos monumentos de animales en bronce que la gente toca sin mirar, un oso o algo parecido con la nariz gastada de tanto roce. Un niño intentó subirse. La madre lo estiró del brazo con la indiferencia experta de quien lo ha impedido cuarenta veces.

No tomé la pastilla que me recetaron hasta las cuatro de la tarde porque la guardé en el bolsillo equivocado y me la encontré cuando ya buscaba las llaves. Esas cosas.

El plato de cerámica con el borde despostillado me sigue rondando. No sé por qué. Era un plato ordinario en un sitio ordinario y el pilaf estaba bien, no extraordinario, bien. Pero había algo en la proporción de las cosas sobre esa mesa, el pan a la izquierda, el vaso sin pedir, la grasa enfriándose despacio, que daba la impresión de que el sitio llevaba décadas sirviendo exactamente lo mismo y que eso no era un defecto.

Imprescindible en Almatý, Kazajistán

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