«El señor Rolle se va», me dijo la mujer de la limpieza con una calma que me dio mala espina, «deja al señor Oscar a cargo». Y así, sin reunión de traspaso, sin instrucciones escritas, sin nada, me encontré esta mañana detrás del mostrador del hostal con un cuaderno de reservas abierto por la mitad y una llave maestra que no sabía a qué puerta correspondía.
El señor Rolle llevaba un rato con el teléfono pegado a la oreja antes de desaparecer. Me dejó el cuaderno, un gesto amplio hacia un cajón y la frase «you'll be fine» dicha con la convicción que se reserva para quien no tiene más opciones. Fue antes de las nueve. A las nueve y cuarto llamó al timbre un hombre con dos maletas enormes y una tercera bolsa atada con una cuerda, y yo tuve que descifrar su nombre en el cuaderno mientras él me hablaba en ese inglés criollo que tiene sus propias reglas y su propio ritmo, y en el que yo entiendo aproximadamente una de cada tres palabras si el contexto ayuda. No ayudaba. Al final encontré la reserva, le di la llave, señalé el pasillo con suficiente seguridad como para que pareciera que sabía lo que hacía.
El asunto de la cita consular lleva días dando vueltas sin resolverse: ayer me confirmaron que hay que esperar otro hueco en la agenda, que la semana pasada tampoco hubo gestión posible, que el documento va por su cuenta y por su propio tiempo administrativo, que sí, que ya avisarán. Estoy en Nassau sin pasaporte vigente y con ochenta y cuatro dólares, y la mejor noticia del día ha sido liquidar una deuda pendiente por el restaurante, que me quité de encima esta mañana y ya no pienso más en ello.
A mediodía cogí la llave maestra, dejé una nota en el mostrador que ponía «back in 20», que es exactamente la clase de señal que un hostal merece cuando su dueño abandona el puesto, y salí hacia Godet Avenue. Twin Brother's no es un sitio que elijas por ambiente, lo eliges porque la comida es real y los precios también. La acera delante tiene esa combinación de cemento agrietado y sol perpendicular que convierte cualquier paseo corto en algo que hay que pensar dos veces. Dentro había cuatro mesas ocupadas, un ventilador de techo que soplaba más ruido que aire y una pizarra con el menú del día escrita con letra que se veía perfectamente. Pedí lo que pedían los demás porque es el método más fiable, me salió bien, y me quedé más tiempo del necesario fumando la cachimba a la puerta, mirando la calle.
Godet Avenue no tiene nada que ver con Bay Street ni con ninguna de las postales que circulan de esta ciudad. Los edificios son de colores que en algún momento fueron vivos y ahora son los que son, hay una ferretería con cajas apiladas en la acera, un coche con el capó abierto y nadie mirándolo. A unos kilómetros de aquí hay hoteles con casino y piscinas infinitas y toda la infraestructura levantada para que nadie tenga que salir de la parcela. Aquí hay una señora con una bolsa de plástico que espera el autobús y un niño que va en bicicleta por la parte de la calzada que le da la gana. No hago ningún juicio: simplemente noto la distancia, que es visible y constante y no pretende disimularse.
Volví al hostal antes de que pasaran los veinte minutos y me encontré a una pareja con reserva que llevaba sentada en los escalones un tiempo que no quise calcular. El check-in salió adelante. Encontré la habitación correcta en el cuaderno. La cachimba huele a manzana y lo llevo todo en el bolsillo.
Imprescindible en Nassau, Bahamas
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