Ayer volví al restaurante con el efectivo. El dueño me había dejado marchar a buscar un cajero con la promesa de que regresaba, y yo regresé, y él no puso cara de sorpresa sino de hombre que ya lo sabía. Me alegré de no haberle dado motivos para sorprenderse. El problema es que saldar esa deuda me dejó el margen donde lo tengo ahora: noventa y nueve dólares, el consulado sin fecha, y Nassau sin prisa ninguna por resolverme la vida.
Esta mañana he cogido el Fitness Path porque no hay mucho más que pueda hacer que no cueste dinero y no dependa de un papel que nadie me ha prometido todavía. El camino corre junto al agua, que a esta hora tiene esa luz plana y blanca de mediodía caribeño que no favorece a nadie, ni al mar ni a las caras. Hay barcos anclados al fondo que llevan días exactamente donde están, lo cual, si me paro a pensarlo, tampoco es tan diferente de mi situación.
Me he sentado en Breakwaters Grill porque es lo que toca aquí si quieres comer mirando el puerto sin gastarte una barbaridad. El pescado a la parrilla con plátanos fritos y arroz con guisantes: nueve dólares con la bebida aparte. He pedido agua del grifo, que no siempre te la ponen sin pelea, pero hoy sí. El pescado estaba bien, honesto, sin pretensiones, con esa textura que tiene cuando no lo han cocinado con ninguna idea en particular sino simplemente con calor. Los plátanos un poco más tostados de lo que me gustan, aunque no tanto como para quejarme en voz alta.
Mientras esperaba la comida ha pasado algo pequeño. Un hombre de unos sesenta años, con una camiseta de un torneo de pesca que ya no podía leerse bien, se ha apoyado en el mostrador a mi lado y ha mirado mi plato antes de que yo lo mirara. «Siempre piden lo mismo los que no son de aquí», ha dicho, no exactamente a mí sino al espacio entre los dos. «¿Y los de aquí qué piden?», he preguntado. Se ha encogido de hombros: «Lo mismo, pero con más salsa». Se ha ido sin más, con un vaso de algo en la mano, y eso ha sido todo el encuentro, que no ha resuelto nada pero me ha distraído el tiempo suficiente para que el arroz se enfriara un poco y me lo pudiera comer mejor.
El problema con tener noventa y nueve dólares y un pasaporte en trámite consular es que el número parece suficiente hasta que empiezas a contar. Alojamiento, comida, el transporte mínimo para llegar al consulado si me llaman, algún imprevisto que en las últimas semanas ha demostrado ser una categoría de gasto muy activa: hace tres días fue una cosa, hace cuatro días otra, hace diez días algo con una tarjeta que prefiero no recordar. No es que esté en pánico, pero sí estoy haciendo una aritmética que antes no hacía con tanta atención. Noventa y nueve dólares contra un plazo que nadie me ha sabido concretar no es una reserva; es una cuenta atrás sin reloj visible.
He terminado el plato. El mostrador tiene la pintura levantada en la esquina derecha y una pequeña grieta en el borde donde el calor ha ido haciendo su trabajo durante años. Me he quedado mirando los barcos del fondo un momento más de lo necesario, sin ninguna razón buena, o quizás con la razón de que de momento es lo único que no me cuesta nada.
Imprescindible en Nassau, Bahamas
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