«Aquí solo aceptamos efectivo», me dijo la mujer sin levantar la vista del cuaderno, como si fuera una pregunta que ya había respondido cuatrocientas veces antes de las dos de la tarde.
Y yo con la bandeja en la mano, el arroz con pollo ya a medio temperatura, y la cartera llena de tarjetas inútiles. Nassau queda a dos horas de vuelo, Higüey es un calor distinto, y nadie me había avisado de que Calle Gri Gri funciona todavía en modo efectivo absoluto. No todos los locales, supongo, pero este comedor pequeño con las sillas de plástico apiladas en una esquina y el ventilador de techo que zumbaba hacia un lado sí. El dueño, un hombre de unos cincuenta años con una camiseta de algún festival de salsa de hace al menos una década, me miró y me dijo algo que no esperaba: «Búscalo y vuelve, que la mesa es tuya».
No sé si eso me generó más alivio o más presión. Salí a la calle con el sol de las dos cayendo de frente, busqué en el móvil el cajero más cercano, que resultó estar a ocho minutos andando por una acera que no estaba exactamente diseñada para el paseo tranquilo. Mientras caminaba fui haciendo el cálculo mental de lo que llevaba en la cuenta: bastante menos de lo que debería, después de las últimas semanas. Anteayer otro gasto que no tocaba, y el día anterior también. No me voy a poner a sumar en voz alta porque la cifra no invita a nada bueno, pero la sensación de sacar dinero de un cajero cuando el saldo está donde está es concreta y un poco incómoda.
El cajero estaba dentro de una especie de locutorio que olía a ambientador de fresa artificial muy barato, con un cartel plastificado encima que anunciaba recargas de Claro y una señora mayor sentada en una silla que no miraba nada en particular. Saqué lo justo. Volví.
La mesa seguía ahí. El arroz había bajado otro grado de temperatura pero el dueño me lo recalentó sin que yo se lo pidiera, con una naturalidad que me sorprendió más que si me hubiera hecho algún gesto dramático de bienvenida. Me trajo también un vaso de jugo de tamarindo que no había pedido y que no estaba en la carta que vi al entrar, y cuando le pregunté el precio me dijo que estaba incluido, lo cual era mentira porque después lo cobró aparte, pero cobró tan poco que no valía la pena discutirlo.
Había ido a Punta Cana pensando sobre todo en resolver algo que había quedado pendiente ayer en Nassau, una conversación que se cortó en el momento más raro posible y que me dejó con la sensación de haber dejado algo a medias. No la resolví aquí, claro, porque aquí no había nadie con quien resolverla, pero sí me pasé un rato en el único museo pequeño que encontré abierto en la zona, un sitio sin nombre visible desde fuera donde una mujer limpiaba una vitrina con objetos que parecían piezas precolombinas junto a fotografías en las paredes. Estuve unos diez minutos. No había nadie más. La luz entraba por una ventana lateral y era la única luz de la sala. No toqué nada porque no había cartel que dijera que podía tocarlo ni cartel que dijera que no, y en esa ambigüedad preferí quedarme quieto.
Lo de ayer sigue sin resolverse. Calle Gri Gri ya la tengo controlada: cajero a ocho minutos, comedor con mesa garantizada por la palabra, jugo de tamarindo no incluido aunque te digan que sí.
Imprescindible en Punta Cana, República Dominicana
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