¿Cuánto tiempo puede uno estar quieto en un sitio caro antes de que la quietud empiece a costar más de lo que se puede permitir? Llevo dos días recibiendo la misma mala noticia en formatos distintos, y anteayer fue peor que ayer, lo cual ya es un logro de cierta consistencia que casi me hace gracia, aunque no mucha. El caso es que hoy he bajado hasta Arawak Cay porque la alternativa era quedarme en la habitación mirando el techo y haciendo sumas que siempre dan lo mismo: ciento diecisiete dólares, el informe de la policía de East Street firmado y sellado en una carpeta, y la consulta procesando algo que nadie sabe cuánto tardará.
El mercado huele a hielo sucio, a diesel y a escamas, que es una combinación que al principio incomoda y al cabo de diez minutos deja de notarse. Los puestos son construcciones de bloques de hormigón con encimeras de plástico azul, el tipo de azul que fue vivo alguna vez y ahora es más bien el color de algo que ha visto demasiado sol. Los pescados están ordenados en capas sobre hielo picado: pargos, meros, algo que no he sabido identificar con exactitud y que el vendedor me ha mirado como si la pregunta fuera ofensiva. No la he retirado, pero tampoco he insistido.
Lo que me resulta interesante, y un poco deprimente si uno se pone a pensarlo en serio, es la eficiencia de la economía que funciona aquí. Los hombres que cortan y pesan lo hacen con movimientos que llevan años repetidos, el cuchillo entra donde tiene que entrar, el precio se dice sin pausa, el comprador acepta o no acepta y el siguiente ya está esperando. No hay negociación larga, no hay ambigüedad sobre quién tiene el dinero y quién necesita algo a cambio. Es el tipo de claridad que yo ahora mismo no tengo en ningún aspecto de mi vida, lo cual no es culpa del mercado pero tampoco ayuda.
Me he puesto a observar las transacciones desde un banco de cemento que hay pegado a la pared lateral de uno de los puestos, con una vista bastante decente de las mesas y del ir y venir de los carros de reparto. Ha sido entonces cuando un hombre de unos cincuenta años, con una camiseta naranja desteñida y una cartera de plástico transparente en la mano, se ha sentado a mi lado sin preguntar y ha dicho, en un inglés muy llano, que hacía demasiado calor para estar de pie. He asentido. Ha mirado la carpeta que yo tenía sobre las rodillas, la del informe, la que llevo a todas partes porque no tengo dónde dejarla, y me ha preguntado si era abogado. Le he dicho que no, que era turista, y al decirlo he notado lo ridículo que suena la palabra aquí, ahora, en esta situación. Él ha asentido como si la respuesta le resultara comprensible pero no del todo convincente, que es exactamente lo que yo también pienso.
Me ha contado, sin que yo preguntara, que tiene un primo que trabaja en una oficina cerca de la consulta española, y que la gente que espera allí tarda a veces dos semanas, a veces cuatro. No ha dicho eso para consolarme ni para asustarme; lo ha dicho con la misma neutralidad con la que antes se decían los precios del pescado. Después se ha levantado, se ha dado la vuelta y ha desaparecido entre los puestos, con la cartera de plástico apretada en la mano, antes de que pudiera preguntarle qué primo, en qué oficina, qué significa «a veces».
Me quedan ciento diecisiete dólares. El sol golpea la encimera azul del puesto de enfrente y el hielo se derrite despacio, y el agua corre hacia un desagüe en el suelo que tiene el tapón roto.
Imprescindible en Nassau, Bahamas
Este post contiene enlaces de afiliados.