El copista de la comisaría de East Street me ha cobrado dos dólares por una fotocopia de la denuncia, dos hojas sin membretes que podría haber imprimido yo mismo en cualquier biblioteca. Los he pagado sin rechistar porque sin ese papel no puedo hacer nada en el consulado, y en ese momento me he dado cuenta de que la semana que tengo por delante va a consistir casi enteramente en pagar por cosas que ya poseo o que ya ocurrieron, solo que ahora no tengo prueba de ello.
Ayer fue el peor día del viaje: la bolsa, el pasaporte, el carnet, la tarjeta de crédito secundaria. Todo en un momento de descuido en el mercado de Bay Street que no voy a describir porque ya lo he repasado mentalmente unas veinte veces y no cambia nada. El consulado me ha dado cita para el jueves. La policía tiene el caso abierto, dicen, lo cual en la práctica significa que nadie va a llamarme pero al menos existe un número de expediente que tengo que citar en cada formulario. Son tres días de limbo con ciento sesenta y tantos dólares y sin documento que acredite que soy quien digo ser.
Esta mañana he decidido no ir a ninguna oficina. No porque el problema se haya resuelto sino porque no había nada accionable antes de las cuatro de la tarde y quedarme sentado en el hostal mirando los formularios descargados no iba a acelerar nada. Así que he caminado hasta The Retreat Gardens, que está en Village Road y que resulta ser exactamente lo que su nombre promete: un jardín, con árboles altos, con sombra, con silencio suficiente para escuchar algo distinto al ruido de cabeza que llevo acumulado desde ayer.
Los árboles son enormes y algunos tienen las raíces tan expuestas que parecen querer salir del suelo del todo. No sé sus nombres. No he leído el cartel informativo porque había una pareja bloqueando el paso y no me apetecía esperar. He caminado un rato bajo el dosel, he notado que la humedad aquí dentro es distinta a la de la calle, más densa pero más tolerable de alguna manera, y en algún momento he parado a mirar un lagarto que no se ha movido durante casi tres minutos, lo cual me ha parecido una actitud bastante razonable dado el calor.
Después he desayunado tarde, en un sitio pequeño cerca de Shirley Street donde había un mostrador con taburetes y tres mesas de madera con la superficie un poco pegajosa. He pedido café, un sándwich y algo dulce porque no me he podido decidir entre una cosa y la otra. El café era correcto, nada más. El sándwich tenía demasiado pan para el relleno que llevaba dentro, que era una lámina finísima de queso y algo que podría haber sido jamón o podría haber sido otra cosa. La galleta estaba bien. He dejado parte del zumo porque era demasiado dulce y el vaso tenía un desperfecto en el borde que me ha incomodado desde el principio pero no lo he dicho hasta que ya me iba, y entonces tampoco lo he dicho porque ya no valía la pena.
He vuelto caminando despacio. Tengo que reunir: la fotocopia de la denuncia (ya la tengo), dos fotos de carnet que saco esta tarde en una copistería de Nassau Street que aparece en Google Maps pero que no sé si sigue abierta, el formulario de la solicitud de pasaporte de emergencia, y algo que acredite mi reserva de alojamiento. Cuatro cosas. El jueves, si todo va bien, entro al consulado con todo esto y salgo con una fecha de resolución que probablemente me obligue a extender la estancia aquí más días de los que había calculado.
En la copistería de Nassau Street hay una pegatina de un equipo de fútbol americano en la puerta. Nadie dentro cuando he pasado a mirar, pero la luz estaba encendida.
Imprescindible en Nassau, Bahamas
Este post contiene enlaces de afiliados.