Nassau ha quedado anclada en mi cabeza durante el vuelo de esta mañana por un motivo que no tenía previsto: la bolsa. La bolsa con el pasaporte, con la fotocopia laminada que guardo desde hace años, con el seguro de viaje que nunca necesité hasta ahora. No sé exactamente en qué momento desapareció, si durante el embarque o antes, pero al aterrizar y buscarla en el compartimento de mano ya no estaba. Así que Nassau arranca así: trámites, comisaría, consulado, formularios con el papel tan fino que se rompe si presionas demasiado el bolígrafo.

Ayer todavía estaba en Cancún dando vueltas alrededor de un mercado que tres personas distintas me indicaron por tres rutas distintas, todas con la seguridad de quien conoce el sitio de memoria. Llegué al mercado al final, claro, pero era ya la tercera vuelta y el sol pegaba con ganas. Ahora, en Nassau, me han preguntado si quiero ir a la comisaría central o a la delegación del puerto, como si la diferencia me importara en este momento, y he respondido lo que parecía razonable. No era razonable. La delegación del puerto estaba cerrada por algo que no conseguí entender del todo, algo relacionado con un acto cívico, y he tenido que recorrer a pie toda la parte alta de Bay Street hasta la comisaría correcta bajo un calor que no esperaba en noviembre.

La Plaza del Parlamento me ha parado en seco, no por belleza precisamente, sino porque en la pared lateral hay un escudo de las Bahamas con una placa debajo donde se lee «BAHAMAS» en letras que alguna vez fueron doradas y ahora tienen manchas de moho verdoso en los bordes. El escudo en sí tiene algo de noble y algo de descuidado al mismo tiempo, los colores lavados, el relieve del velero apenas perceptible. Me he quedado mirándolo más de lo que tenía sentido dado que llevaba cuarenta minutos intentando que alguien me dijera cuál era el formulario correcto para denunciar la pérdida de documentación de un ciudadano extranjero. El funcionario de turno, un tipo con una camisa de manga corta azul marino que tenía las iniciales bordadas en el bolsillo izquierdo, me ha explicado con mucha calma que necesitaba primero el informe policial, luego el número de referencia, luego el formulario consular, en ese orden y no en ningún otro. Lo ha dicho como si esto fuera evidente. Para él, supongo que lo era.

Me interesa la historia que tiene una botella, un licor comprado en un mercado, algo sin etiqueta oficial que se vende en un puesto de segunda mano porque alguien lo trajo de otro sitio. En Cancún encontré un mezcal embotellado a mano cuya procedencia nunca quedó del todo clara, y lo compré sin pensar demasiado. Llevaba la nota del productor dentro de la bolsa. Ahora esa nota también ha desaparecido, y por alguna razón eso me molesta casi tanto como el pasaporte.

La denuncia ha tardado dos horas y veinte minutos. He salido de la comisaría con un papel que nadie revisó al salir, lo cual me ha parecido incongruente pero no he dicho nada. Tengo el número de referencia escrito con bolígrafo en la palma de la mano porque no tenía papel a mano y el funcionario me ha mirado con una expresión que mezcla paciencia profesional con leve incredulidad.

He terminado en Angelo's StreetSide Pizzeria en Bay Street porque estaba abierto, porque tenía mesas en la acera y porque el precio de la pizza más barata del menú era el único precio de la carta que no me ha hecho hacer el cálculo mental de cuántos días de margen me quedan. La pizza era correcta. El queso estaba bien estirado, el borde tenía esa textura que indica que el horno funciona de verdad. El camarero me ha traído una servilleta de papel sin que se la pidiera, lo cual es un gesto pequeño pero agradecido cuando llevas todo el día resolviendo cosas que no debían resolverse.

El número de referencia ya se ha difuminado un poco en la palma. Mañana tengo que ir al consulado antes de las nueve.

Imprescindible en Nassau, Bahamas

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