El letrero decía que el salón abría a las once. A las once y veinte seguía con el pestillo echado, y yo ya llevaba suficiente tiempo parado en la acera de enfrente como para haber contado todas las grietas del asfalto. Seis días en Ōzora y todavía no aprendo que los horarios aquí son más una intención que un compromiso.
Entré cuando por fin apareció un señor con llavero, sin apología ninguna, como si yo fuera el que llegaba tarde. El interior huele a madera vieja y a algo que no sé describir bien, una mezcla de resina y tabaco acumulado durante décadas, el tipo de olor que se instala en la ropa y que uno no nota hasta que sale a la calle. Las paredes son de listones oscuros, hay tres fluorescentes colgados a distintas alturas porque claramente no todos fueron instalados al mismo tiempo, y en la esquina hay una máquina expendedora con la pantalla tan descolorida que cuesta leer qué vende. La mesa de billar del fondo tiene el tapete verde en un estado que yo llamaría madurez avanzada: hay una zona cerca de la tronera del centro donde la bola desvía el tiro unos tres grados hacia la derecha, algo que los que llevan aquí toda la mañana ya saben y yo aprendí a las malas.
Ayer tuve un encuentro que todavía no sé cómo catalogar. Un tipo que estaba esperando el mismo autobús que yo, con una bolsa de plástico del konbini de la calle principal (el que tiene el lector de tarjetas averiado desde hace no sé cuántos días), me habló en un inglés muy tranquilo y me preguntó si conocía a alguien que buscara trabajo estacional. No yo, aclaró rápido, él buscaba pasar el dato. No intercambiamos nada más. El autobús llegó, cada uno tomó asiento en un extremo diferente, y eso fue todo. Pero sigo dándole vueltas: ¿trabajo estacional para quién, en qué, por qué me lo preguntaba a mí? No tengo respuesta y probablemente no la voy a tener.
La máquina expendedora del rincón tiene un botón que hace un clic mecánico muy satisfactorio pero no devuelve nada. Comprobado. No con el dinero que queda en el bolsillo, que a estas alturas de agosto es una cifra que prefiero no mirar directamente, sino con una moneda de cien yenes que alguien había dejado encima de la propia máquina, abandonada ahí con una especie de resignación compartida. La moneda cayó, el clic fue perfecto, no salió nada. Un hombre que estaba esperando su turno en la mesa no dijo ni mu, solo asintió como confirmando algo que ya sabía.
Los tres que juegan al billar llevan aquí desde antes que yo llegara y tienen un sistema de turnos que no hace falta explicar porque nadie lo explicó: simplemente funciona, hay un orden tácito que se mantiene sin miradas ni señales visibles. Yo ocupo una silla de plástico cerca de la pared y miro porque no hay mucho más que hacer. No es que el sitio sea especialmente interesante, es que fuera el calor a esta hora aprieta y la tarde del Festival Abare dejó anoche el pueblo con una energía rara, algo zumbante que hoy todavía no se ha disipado del todo.
La espera de esta mañana me fastidió más de lo razonable. Veinte minutos no son nada, lo sé, pero cuando tienes el día sin estructura y llevas seis aquí, cada pequeño retraso se amplifica de una manera que no tiene proporción con su causa real. Ahora estoy dentro, hay sombra, la bola sigue desviándose tres grados en la tronera central, y el hombre del llavero está sentado detrás de un mostrador leyendo algo en papel, no en pantalla, con la concentración de alguien que no tiene intención de moverse en mucho tiempo.
Imprescindible en Ōzora, Japón
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