Ciento veintisiete euros y medio. Lo sé de memoria porque lo he contado tres veces esta mañana, sentado en un taburete de plástico beige que se tambalea cada vez que me muevo. Es día seis en Ōzora y la ventana de moverme a otro sitio se abre en tres días, lo cual me obliga a hacer una aritmética que no me gusta nada.

Aquí llegó el problema del café. Quería uno pequeño, lo cual en cualquier parte del mundo se expresa con el índice y el pulgar formando un círculo chico, o eso creía yo. El camarero me miró, asintió con esa seriedad de quien ha entendido perfectamente, y volvió con algo que no era una taza sino un recipiente de hospital. No exagero: era el formato que uno asocia a los domingos de resaca de un equipo de rugby, no a las diez de la mañana de un viajero con el presupuesto comprometido. Le pregunté, señalando el vaso con cara de no saber si reír, y él respondió algo que no entendí pero que sonó definitivo. Me lo cobró quinientos yenes. No era momento de poner objeciones.

Me lo bebí en la calle. La calle de Ōzora a media mañana tiene esa cadencia de ciudad pequeña que trabaja sin aspavientos: alguna mascarilla, dos o tres máquinas expendedoras pegadas a la pared izquierda de un local con el toldo descolorido, gente caminando sin prisa ni urgencia especial. No hay nada fotogénico en esta calle y eso, curiosamente, me descansa. Las fachadas son de esa tonalidad beige-gris que el sol de Hokkaido parece haber elegido para toda la región sin consultar a nadie.

Estaba ahí, con el café descomunal en la mano, haciendo los cálculos. El problema no es solo el dinero que queda; es la geometría del asunto. Si en tres días tengo que moverme, necesito reservar algo para ese trayecto y para los primeros días allá donde vaya. Si me quedo aquí hasta el límite, llego con márgenes ridículos. Si me voy antes, gasto en el movimiento anticipado. Los números no cuadran de forma elegante en ninguna dirección. Ayer fue un día particularmente malo en ese sentido, y no quiero entrar en los detalles porque ya me irrité bastante con ellos en su momento.

La conclusión, que me tardó más en llegar de lo que debería, es que quedarme los tres días restantes es la opción menos mala. No es derrota ni conformismo; es que moverse ahora cuesta más de lo que ahorro en nada. Ōzora no tiene muchos atractivos obvios para el tipo de viajero que mira los precios antes de sentarse, pero tampoco tiene precios de ciudad turística. Eso vale. Y el ramen de Kaifudo es decente, lo cual ayuda cuando la variedad gastronómica no es una opción sino un lujo que no me puedo permitir.

Pensé, tomando el último sorbo del café gigante, en que en el Mediterráneo el verano todavía dura. En las fiestas de agosto donde la gente levanta castells en la plaza y el vino corre y no hay ninguna aritmética urgente que hacer porque el verano tiene una lógica propia que suspende ese tipo de cálculos. Aquí el verano también existe, los girasoles en la zona de Memanbetsu todavía no han cedido del todo, pero es un verano sin esa comunidad particular, sin esa mecánica de tribu. No me quejo. Solo lo noto.

Lo que haré con los ciento veintisiete euros y medio: comer barato, quedarme quieto, no tocar nada que no sea estrictamente necesario. Y si el camarero me pregunta si quiero otro café, le digo que sí con la cabeza y cierro los dedos antes de que interprete nada.

Imprescindible en Ōzora, Japón

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