¿Cuántas ciudades nuevas hacen falta antes de que la primera hora deje de ser incómoda? Lo pienso mientras salgo del alojamiento con la bolsa todavía sin deshacer, la ropa de ayer encima, y ese sabor de vuelo matutino que no se va ni con café. Victoria. No los edificios de la foto turística con los tulipanes y el puerto de fondo, sino la parte de Saanich Road donde los rótulos están en tagalo y en vietnamita y el olor del Inasal House llega a la acera antes de que cruces la puerta.
Ayer, en Ōzora, pedí algo sencillo con un gesto y el camarero me trajo una jarra de café tan grande que pensé que me la cobraban por litros. Lo bebí todo porque no supe cómo decir que no sin hacer el ridículo. Llegué aquí con la cafeína de otra prefectura todavía en la sangre y cierta impresión de que los últimos doce días han sido un acumulado de cosas que no salieron como esperaba. No es queja, es contabilidad.
Fui hacia Bridge Street porque el mapa decía que el Red Kettle Restaurant abría al mediodía y tenía hambre real, no hambre de turista. El barrio no es bonito en el sentido convencional. Hay un cartel del Public Works Through The Years que nadie mira, las aceras tienen ese desgaste que tienen las aceras donde la gente trabaja de verdad, y el Creation Story Pole en el corredor de Oak Bay Avenue está ahí como si llevara toda la vida esperando a que alguien por fin lo vea sin prisa. No lo vi sin prisa. Pasé deprisa porque escuché un grito.
Dos hombres forcejaban junto a un contenedor azul a mitad de la manzana. Uno sujetaba el bolso de una mujer mayor con las dos manos mientras ella tiraba en dirección contraria sin soltar. El otro miraba. Me paré. Hay un instante, antes de actuar, en que el cerebro hace una evaluación que no es exactamente valiente ni cobarde: es un cálculo de milisegundos sobre qué es lo que se puede perder. Grité algo, no recuerdo qué, y me acerqué más de lo que era prudente. El que tiraba del bolso me miró, vio que no iba solo porque dos personas más se pararon detrás de mí (ellos sin calcular nada, supongo), y soltó. Se fue corriendo por la calle lateral y desapareció.
La mujer tenía el bolso. Yo tenía el pulso acelerado. A los pocos segundos apareció un agente que había visto parte de lo ocurrido desde el otro lado de la calle y quería saber qué había pasado. Se lo expliqué con todo el detalle que tenía y, después de preguntarme si estaba bien, quiso saber de dónde era. «España», le dije. Me contó que tenía un cuñado en Valencia. Normal. Y seguro que se llamaba Vicent. Después me preguntó si había comido. Le dije que iba precisamente al Red Kettle, pero me dijo que no abría al mediodía y señaló la calle de detrás, diciendo que conocía un rooftop muy chulo, filipino, mucho más cerca y con mejores vistas. «Ven conmigo», me dijo, y echó a andar como si fuera la cosa más normal del mundo que un policía acompañara a comer a un desconocido que acababa de intervenir en un robo.
El restaurante era pequeño, en un roof top, como algunos bares en Barcelona. Pollo con arroz blanco, ensalada de verduras, té helado en un vaso que no era elegante pero funcionaba. El policía se llamaba algo que no pude pronunciar bien y no insistí. Dijo que nunca había ido a España, pero que tenía un cuñado en Valencia. Otro. O el mismo. A esas alturas ya no pregunté.
Me gusta el viaje como relato, no como colección de postales, y esta ciudad lleva menos de seis horas conmigo y ya tiene una historia que no viene en ningún folleto. No es que me haya salvado nadie ni que haya salvado a nadie. Es que el pollo estaba bien, el té estaba frío, y el ladrillo de la pared tenía una grieta que alguien había intentado tapar con cemento de otro color y no había quedado mal del todo.
Imprescindible en Victoria, Canadá
Este post contiene enlaces de afiliados.