Aprieto el pomo antes de empujar y pienso en ayer, en la mesa del café donde dije «tack» para llamar al camarero en lugar de para despedirme, y todos miraron un segundo demasiado largo. Lo anoté en el cuaderno con la hora: 14:23. Corrección: «ursäkta» para interrumpir, «tack» solo al final. Asunto cerrado, sin más drama.
Hoy la mañana es de un gris muy limpio, ese gris escandinavo que no es nublado ni luminoso sino algo intermedio que no existe en el sur de Europa. Salí del hotel en Solna sin un plan concreto: solo quería caminar por la franja de barrios que va hacia Bergshamra, donde los bloques de ladrillo rojo conviven con abedules que todavía no saben si es primavera de verdad. Las aceras están casi vacías a las nueve y cuarto. Hay algo raro en una ciudad tan grande que suena tan poco.
Entré en una cafetería pequeña cerca del cruce de Björnstigen porque tenía la puerta abierta y olía a algo tostado que no era café sino algo más osceno, más pesado, quizá centeno. Pedí un café solo y un bollo de cardamomo. La mujer que me atendió tenía el pelo recogido con un lápiz de verdad, no un bolígrafo sino un lápiz amarillo con la punta afilada, y no me miraba a los ojos cuando contaba el cambio, lo cual no me pareció descortés sino concentrado. El café estaba bien. El bollo estaba mucho mejor que bien: húmedo por dentro, con el cardamomo suficientemente presente para que no pudiera ignorarlo pero sin el exceso perfumado que a veces tienen estos pasteles cuando intentan ser demasiado nórdicos para turistas.
Me senté junto a la ventana y saqué el cuaderno. Escribí cuatro líneas sobre la puerta del edificio de enfrente, que tiene una manija de bronce oxidado y la pintura negra y burdeos desconchada en el marco, y pensé que ese tipo de desgaste en Barcelona lo habrían repintado hace años porque alguien habría presentado una queja al Ayuntamiento. Aquí parece que el desgaste tiene permiso para quedarse.
La decisión de no ir a Gamla Stan hoy fue buena. Estuve allí ayer y la zona está bien, no voy a decir que no, pero tiene esa calidad de escaparate que tienen los centros históricos cuando ya saben que son centros históricos: todo demasiado intacto, demasiado consciente de ser bonito. Este barrio no sabe que nadie va a venir a fotografiarlo y eso se nota en la forma en que están aparcadas las bicicletas, sin orden, sin esa geometría de ciudad que posa.
Hacia el mediodía pasé por delante de un parque donde dos personas mayores jugaban al ajedrez en una mesa de piedra fija. No hablaban. Uno movía, el otro esperaba. No sé cuánto tiempo llevaban así, pero el tablero estaba en una fase avanzada y ninguno de los dos parecía tener prisa. Me quedé un momento sin saber bien por qué, quizá porque el silencio entre ellos era de una calidad específica que no sé nombrar en ningún idioma.
Volví al hotel a las dos pasadas. Comí algo del supermercado, abrí el cuaderno en la página del lunes y releí las notas de los últimos días: un número de autobús equivocado, una palabra mal usada, una cerradura en una puerta que no abría por el lado que esperaba. Pequeñas mecánicas del error que se acumulan sin consecuencia grave. Al lado de la anotación de las 14:23 escribí una sola palabra más: «listo», y cerré el cuaderno.
La manija de bronce del edificio de enfrente sigue ahí, imagino, oxidándose a su propio ritmo.
Imprescindible en Estocolmo, Suecia
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