Salí de Estocolmo con el primer vuelo de la mañana y una nota en el bolsillo que no debería seguir ahí. La había escrito tres días antes, después de un encuentro raro que todavía no sé bien cómo clasificar, y la llevaba doblada en cuartos como si doblarla más veces fuera a resolver algo. No la resolvió. La metí debajo del pasaporte y preferí mirar por la ventanilla.
Al aterrizar, el problema no fue la ciudad. Fue el transfer. El autobús que conecta con el centro tenía un aviso pegado con cinta adhesiva en el parabrisas, escrito a mano en estonio y en un inglés que no terminaba de serlo, diciendo algo sobre un «temporary rerouting» que nadie en la parada supo explicarme con precisión. Pregunté a un hombre con un termo de café que parecía llevar ahí desde las seis, y me respondió con un gesto que en cualquier idioma significa «yo tampoco sé». Esperé cuarenta minutos de pie. El cielo era de ese gris que no amenaza lluvia pero tampoco promete nada.
Cuando por fin llegué al casco viejo, el sol acababa de despegar por encima de Toompea. La luz entraba casi horizontal entre las torres y pegaba directo en las tejas de cerámica roja, que a esa hora tienen un color raro, como entre óxido y ladrillo fresco, y los tejados medievales se apilaban unos sobre otros hasta que la perspectiva se perdía hacia arriba. No lo voy a llamar precioso porque ya lo llaman así en todas partes, pero sí digo que hay algo en esa geometría de torres y cubiertas que no parece diseñado para impresionar a nadie, lo cual es justamente lo que lo hace funcionar.
Subí a Toompea por la cuesta de Pikk jalg porque era la más directa y porque no quería rodeos. El adoquín estaba húmedo y resbaladizo en las partes donde la sombra lleva horas sin moverse, y en un tramo corto casi me voy al suelo con la mochila entera encima. No hubo testigos, que es lo que más agradecí. En la cima, el viento venía del Báltico con esa frialdad limpia que no es desagradable pero que sí avisa de que aquí el verano tiene condiciones.
La ciudad vieja no es grande. Eso es una ventaja y un problema a la vez: en dos horas puedes haberlo visto todo, lo cual genera una presión extraña para llegar a conclusiones. Entré en una cafetería en Raekoja plats porque necesitaba sentarme, y el café que me sirvieron estaba bien, correcto, sin más historia que esa. La chica que atendía tenía en la muñeca un tatuaje de una brújula que señalaba hacia abajo, lo cual o es un error o es una declaración de principios, y no me quedé con ganas de preguntarle cuál de los dos era.
Lo que más me sorprendió, y que no he visto mencionado en ningún sitio, fue el silencio. No el silencio turístico de las doce del mediodía cuando todo el mundo está en un restaurante, sino el silencio de las nueve de la mañana cuando la ciudad todavía no ha terminado de decidir qué va a hacer con el día. Había gatos, tres o cuatro, moviéndose entre los soportales de la plaza como si llevaran siglos con esa rutina y nadie se los hubiera discutido. Uno de ellos se me quedó mirando desde encima de un bordillo como si yo fuera el elemento fuera de lugar, que probablemente lo era.
La nota sigue en el bolsillo.
Imprescindible en Tallin, Estonia
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