Había una grieta en la base de uno de los bloques de granito, bastante larga, del tipo que uno imagina que existe desde antes de que acabara la guerra fría. La repasé con el ojo varias veces porque no tenía claro si formaba parte del diseño o si era simplemente deterioro, y esa duda me pareció bastante adecuada para el sitio donde estaba.
El complejo de Maarjamäe no es pequeño ni tampoco es lo que esperaba. Las estrellas soviéticas siguen ahí, grandes, en piedra oscura, y a su lado hay paneles nuevos del museo que explican quién ocupó Estonia y durante cuánto tiempo. Los dos registros conviven sin que ninguno se disculpe ante el otro. El viento venía del mar y hacía un ruido constante entre las lápidas del cementerio militar que bordea el conjunto, un ruido que no era desagradable pero que tampoco dejaba olvidar dónde estabas.
Me quedé más tiempo del que había planeado frente a uno de los obeliscos. No porque sintiera algo especialmente profundo, sino porque el suelo alrededor tenía un musgo verde muy específico, casi fluorescente, que contrastaba con el granito gris de una forma que no parece pensada pero que funciona mejor que muchas cosas diseñadas a propósito. Lo fotografié dos veces. En la segunda foto me salió torcido el horizonte porque el terreno no es del todo plano y no me di cuenta hasta después.
Fue ahí, buscando el teléfono en el bolsillo exterior de la mochila, cuando noté el papel. Una nota doblada en cuatro que tenía desde el día anterior y que había guardado sin leer porque en ese momento tenía las manos ocupadas. La abrí ahí mismo. Era una dirección y un horario, escrita a mano por la persona de recepción del alojamiento cuando pregunté por una tienda de provisiones, y nada más. Ni siquiera el nombre de la tienda. La guardé otra vez. No sé qué esperaba que fuera.
La bajada desde la colina hasta la costa tarda unos doce minutos a paso normal. El camino tiene un tramo sin pavimentar donde las piedras están sueltas y hay que mirar los pies. Hay un banco a mitad del recorrido, de madera oscura, con el respaldo pintado de un azul que ya se está pelando. Me senté un momento. Desde ahí se ve la línea del mar, el cielo encapotado, los árboles del parque a la izquierda, y si uno gira un poco la cabeza hacia la derecha se ve también el aparcamiento, con tres coches y un cartel que nadie ha actualizado desde hace tiempo porque tiene una fecha de evento que ya pasó. Esa combinación, el horizonte y el cartel viejo, me gustó más que cualquier cosa del monumento.
Un hombre mayor pasó junto al banco sin mirarme. Llevaba una bolsa de plástico naranja atada al manillar de la bicicleta y pedaleaba muy despacio, sin esfuerzo visible, como si la ligera pendiente le diera suficiente impulso para no tener que hacer nada. Eso también me gustó, aunque no sé exactamente por qué.
La nota sigue en el bolsillo. La tienda ya estaba cerrada cuando pasé.
Imprescindible en Tallin, Estonia
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