Tres anuncios de «Snorkeling Tour BEST PRICE» pegados con cinta sobre el mismo poste, uno encima del otro, y ninguno con precio visible. Así está el acceso a Marina Cha-Chi esta mañana, con esa mezcla característica de publicidad agresiva y funcionamiento opaco que define casi todo en la Zona Hotelera.
He llegado aquí preguntando. Sin la aplicación, que lleva tres días dando error cada vez que intento cargar un mapa, me he guiado por indicaciones de un señor en una tienda de conveniencia que me ha explicado la ruta gesticulando hacia la avenida con una botella de agua en la mano. Ha funcionado. He tardado más de lo previsto, pero he llegado. Lo que no esperaba era que el sitio, visto desde dentro, tuviera tan poco que ver con las fotos que circulan de él: en las fotos siempre sale el agua turquesa y los botes blancos impecables. En la realidad hay cabos húmedos enrollados en postes de metal, manchas de aceite en el pantalán, y una docena de embarcaciones de pesca que no tienen ninguna intención de parecer photogénicas.
Un hombre con chaleco naranja reflectante estaba amarrando una lancha cuando me he acercado demasiado al borde del muelle, buscando ángulo. Me ha mirado con la expresión de alguien que lleva toda la mañana viendo turistas hacer exactamente eso. No ha dicho nada. Yo tampoco. He retrocedido un metro y él ha seguido con sus nudos, que parecían complicados y rutinarios a la vez, esa combinación de habilidad que se vuelve invisible cuando se repite todos los días. No ha habido conversación, ni falta que hacía. Él estaba trabajando y yo estaba mirando, que es lo único que tenía pensado hacer hoy.
Eso es lo que me cuesta explicar cuando alguien me pregunta qué he hecho: nada concreto, pero tampoco he estado parado. He caminado el tramo de la Ciclovía, que a estas horas tiene más ciclistas de turismo guiado que gente local, todos con el mismo casco amarillo de alquiler, en fila, siguiendo a un guía que va señalando cosas con el brazo sin frenar. Hay algo levemente irreal en esa imagen, como un documental sobre ocio organizado filmado desde dentro. Las gafas de montura verde, heredadas de Guatemala, me han salvado de la luz que rebota en el agua, que a media mañana es implacable.
Me he sentado en una terraza frente al puerto porque había sombra y porque el café costaba cuarenta pesos, que es menos de lo que cobran a cincuenta metros en cualquier sitio con logo. No es que el café fuera especialmente bueno. Era correcto, sin más. Pero desde allí se veía bien el muelle: los botes de alquiler de un lado, las embarcaciones de trabajo del otro, y en medio ese espacio ambiguo donde las dos cosas coexisten sin mezclarse, cada una ignorando a la otra con profesionalidad. La infraestructura del ocio, vista desde fuera, tiene algo de maquinaria pesada: eficiente, ruidosa en momentos concretos, completamente indiferente a quien la observa.
Me he acordado de algo que escribí en un bloc hace tiempo, en otro viaje, algo sobre el viaje como relato y no solo como colección de lugares. Lo he pensado mirando a un tripulante que limpiaba el casco de una lancha con un trapo que claramente no estaba consiguiendo gran cosa, y he pensado que ese detalle, el trapo inútil, el esfuerzo que no produce resultado visible, es más honesto que cualquier foto del agua turquesa. Es el tipo de cosa que no sale en ningún itinerario, que nadie te recomienda ver, y que sin embargo es lo que queda cuando cierras el cuaderno.
La camisa azul sigue sin aparecer. He revisado la bolsa esta mañana por si acaso.
Imprescindible en Cancún, México
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