Las mesas de Macumba están cubiertas con ese tipo de mantel de plástico a cuadros que no pretende nada, lo cual ya me gana puntos antes de sentarme. La terraza da a la Avenida Yaxchilán por un lado y al interior del local por el otro, y hay bastantes plantas, de esas que crecen sin que nadie las cuide con demasiado cariño pero que tampoco se mueren. Me he sentado en la parte de fuera porque dentro hacía ese calor quieto de los locales sin ventilación suficiente. La sombra del toldo llega justo hasta la mitad de la mesa, lo cual no es perfecto pero es aceptable. Me he puesto las gafas de montura verde, las de un quetzal, que con esta luz de tarde filtrada tampoco quedan tan raras.

He pedido pescado a la plancha sin mirar demasiado la carta porque hay un punto en el que la carta larga te agota antes de comer. El camarero no me ha mirado a los ojos en ningún momento del proceso, ni al anotar el pedido ni al traer el agua, lo que no es necesariamente descortesía sino un estilo de trabajo que en cierta forma agradezco. Hay restaurantes que quieren que te vayas contento y hay restaurantes que simplemente te dan de comer. Macumba parece del segundo tipo y eso está bien.

Mientras esperaba ha empezado a sonar música desde el interior, algo cubano, bongos y un bajo que se oía más de lo razonable para la hora que era. En la mesa de al lado había un hombre de unos sesenta años comiendo solo y leyendo algo en el móvil con el gesto de quien no está leyendo de verdad sino matando tiempo. En un momento ha levantado la vista, ha mirado hacia donde venía la música y ha dicho, sin dirigirse exactamente a mí, «llevan tres semanas con la misma canción». No he sabido si era una queja, una constatación o una forma de abrir conversación, así que he asentido con la cabeza y he dejado que eso fuera suficiente respuesta. Él ha vuelto al móvil. Yo me he quedado pensando en la frase porque tenía una precisión, «tres semanas», que o es verdad o es una exageración tan mantenida que ya funciona como verdad.

El pescado estaba bien. No estaba bien «para ser un sitio económico» ni bien «para estar en Yaxchilán y no en la zona hotelera», estaba simplemente bien, sin adjetivos de contexto. Eso es más de lo que se puede decir de muchos sitios que cuestan el doble. Me he acordado de que no llevaba la camisa azul, que lleva varios días sin aparecer desde que la dejé en la lavandería hace cuatro días y algo salió mal en el proceso, y me he mirado la que llevaba puesta, una gris que no tiene ningún interés, y he pensado que si la camisa no aparece mañana tendré que preguntar de nuevo y esa conversación ya la anticipo como tediosa.

Luego he caminado un poco por Yaxchilán. Era ya de noche y el ambiente era raro de una forma concreta: había puestos con calaveras decorativas y algunos niños disfrazados que pasaban en grupo con adultos que miraban el móvil, y al mismo tiempo los restaurantes cubanos seguían llenos de gente normal cenando, y una tienda de electrodomésticos tenía la persiana a medio bajar con alguien dentro contando caja. Yaxchilán de noche es eso, capas de cosas que no se consultan entre sí.

Me he levantado temprano esta mañana, como siempre, lo que significa que a estas horas ya arrastraba varias horas de día encima. Para cuando he vuelto al piso tenía esa lentitud específica de los sábados en los que no has hecho nada urgente pero tampoco has descansado del todo. El hombre de la mesa de al lado ya no estaba cuando me he ido. La canción de los bongos seguía.

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