Llevo las gafas puestas desde hace dos semanas porque las mías se rompieron hace cinco días, justo el mismo día en que me costó dinero un asunto que todavía no he terminado de digerir. Son gafas de lectura de un quetzal que encontré en un mercadillo, con la montura verde fosforito que no le pediría a nadie que me viera llevar, y sin embargo aquí estoy, en el Parque Ecológico La Asunción, mirando los árboles a través de unos cristales que me achican un poco el mundo. Paradoja menor. El bosque sigue siendo bosque.

Vine aquí porque no quería gastar nada hoy y porque necesitaba un sitio donde la ciudad no me exigiera nada. El parque tiene entrada libre los domingos, o al menos eso me dijeron, y resultó ser verdad, lo cual es suficiente razón para estar aquí. Me lo apunté como plan de mañana el sábado por la noche, cuando hice cuentas y vi que el margen que me queda no da para muchas alegrías. No fue una decisión especialmente iluminada. Fue aritmética.

El parque es más denso de lo que esperaba para estar en Zona 5. Hay un camino de tierra compacta que cruza un tramo de bosque manejado, con árboles altos que filtran la luz en diagonal y producen ese efecto de tarde aunque sean las diez de la mañana. Huele a tierra húmeda y, de cuando en cuando, a algo que podría ser incienso pero que probablemente es copal, porque hay familias que han llegado con flores naranjas que no me cuadran en octubre hasta que recuerdo que el primero de noviembre está a seis días. Caléndulas. Las están llevando en cubos de plástico amarillo, con esa normalidad de quien tiene la logística muy interiorizada.

Un vendedor instalado junto a la entrada principal tenía ramos ya hechos, atados con rafia, a cinco quetzales la unidad. Los miré sin comprarlos. Él no insistió. Eso me gustó: que no dijera nada, que simplemente me devolviera la mirada un momento y siguiera ajustando los ramos. Hay una manera de vender sin perseguir al comprador que en esta ciudad no es tan común como quisiera, y este hombre la tenía.

Me senté en un banco de piedra que estaba ligeramente inclinado hacia la izquierda, lo cual significa que después de diez minutos te encuentras con el peso del cuerpo completamente desplazado y tienes que reajustarte. Lo hice tres veces. En la cuarta me cambié al suelo, apoyado contra la base del banco, que es menos pintoresco pero más estable. Desde ahí vi pasar a un señor mayor con sombrero de paja que llevaba un termo en una mano y una bolsa de red en la otra. Fue directo hacia un árbol concreto, lo saludó con la mano apoyada en la corteza durante un segundo exacto, y siguió andando. No sé qué era eso, pero tampoco me pareció necesario saberlo.

Las gafas verdes me siguen molestando. Tengo pendiente buscar unas que no sean de mercadillo en cuanto el presupuesto lo permita, que de momento no lo permite, así que los árboles de La Asunción los he visto hoy con una montura que me queda dos milímetros torcida y unos cristales que distorsionan ligeramente el borde derecho del campo visual. Hay algo levemente incómodo en ver el bosque con herramientas prestadas, aunque técnicamente me las compré yo.

El copal siguió llegando en oleadas cada vez que pasaba cerca de las familias. Un niño de unos cinco años se sentó en el camino sin motivo aparente y su madre le dijo algo que no oí y que él ignoró con una competencia tranquila que me pareció admirable.

Imprescindible en Ciudad de Guatemala, Guatemala

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