El móvil lleva desde ayer zumbando con la misma cadencia insistente de siempre, y esta mañana al despertarme ya había cuarenta y siete mensajes nuevos en el grupo de WhatsApp donde me metió don Rodrigo ayer para darme la dirección del mercado de la zona 4. Cuarenta y siete. Fotos del bautizo de un niño al que no conozco, audios de felicitación, un gif animado de una paloma blanca con brillos. He aguantado un día, que ya es bastante para alguien que tiene el volumen del teléfono al mínimo por principio. A las ocho y cuarto de esta mañana he salido del grupo sin avisar. Sin explicación, sin nota de despedida, sin el «gracias por incluirme» que habría sido una mentira cortés. Solo el dedo sobre el botón y listo.

Necesitaba ir a algún sitio donde el silencio fuera arquitectónico, no negociado.

El Orquideario Landivariano queda en la zona 16, lo cual significa cruzar media ciudad con el tráfico de viernes, pero la entrada cuesta poco y yo ando contando cada quetzal desde hace días. Con trescientos cuarenta y siete en total y sin margen, la ecuación es sencilla: sitios baratos o gratis, caminar siempre que se pueda, comer una vez al día con criterio. El orquideario entra en el presupuesto. El taxi de vuelta puede que no, pero eso lo resuelvo luego.

Dentro hay un orden que no es el de los jardines donde alguien planta flores para que queden bonitas en las fotos. Aquí el orden es funcional: mesas de madera bajo una estructura con techo de malla que filtra la luz en capas, macetas alineadas con una lógica de catálogo, etiquetas escritas a mano con letra pequeña y firme. El aire es húmedo y huele a tierra mojada y a algo levemente dulce que no consigo identificar del todo, como fruta madura pero vegetal. He pasado una hora larga entre las hileras sin hablar con nadie, mirando cómo los sistemas de riego gotean sobre las raíces en un ritmo que no tiene ninguna prisa. Me ha parecido, sin dramatizarlo, un modelo de gestión bastante razonable: dar exactamente lo necesario, ni más ni menos, y esperar.

Una señora con guantes de jardinería morados revisaba las etiquetas una por una y las corregía con bolígrafo cuando algo no cuadraba. No levantó la vista en ningún momento. Me ha gustado eso.

Después he cogido un autobús hasta la zona 14 para comer en Las Mercedes jardín, que tiene mesas bajo árboles y un menú del día que no es caro si pides lo más sencillo. He pedido pepián con arroz, que es exactamente lo que debería pedir alguien que lleva cinco días acumulando contratiempos sin parar y que no tiene ganas de tomar decisiones estéticas sobre la comida. El pepián estaba bien, denso y con un punto de chili que se nota al final. La sobremesa se ha alargado porque estaba cómodo, el banco era de madera vieja y nadie me apuró, que es lo mínimo que le pido a una mesa a mediodía.

He pensado en don Rodrigo mientras comía, sin rencor concreto. Probablemente no se haya dado cuenta de que me fui del grupo, o si se ha dado cuenta pensará que fue un error técnico. Eso también me parece bien. No todo tiene que ser una declaración.

Lo que sí ha sido una declaración, aunque solo para mí, es haber elegido hoy el orquideario sobre cualquier otra opción. Un invernadero con goteo programado y etiquetas corregidas a bolígrafo. Hay peores formas de pasar un viernes cuando el presupuesto no da para más caprichos y el móvil lleva demasiado tiempo mandando avisos de cosas que no me incumben. La paloma con brillos ya no está en mi pantalla. Las orquídeas, de momento, no me han pedido nada.

Imprescindible en Ciudad de Guatemala, Guatemala

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