Ayer, otra vez. El autobús que debía salir a las 8:47 hacia Sendai simplemente no salió, o salió vacío, o salió y yo lo vi pasar desde el otro lado de la calle sin poder cruzar porque el semáforo llevaba un ciclo eterno en rojo. Lo que quiero decir es que llevo veinticinco días acumulando estas pequeñas roturas, seis veces la misma variante del mismo problema, y hace cinco días encima se sumó algo peor que un retraso: un fallo completo del sistema que me costó tiempo, dinero y una paciencia que no tenía de sobra. Así que esta mañana no salí. No porque no pudiera. Porque no quise.

La decisión fue casi física. Me quedé sentado en la cama mirando el techo de la habitación, que tiene una grieta en forma de delta griega, y pensé que seguir moviéndome cuando el patrón es claramente sistemático es una forma de ingenuidad que ya no me puedo permitir. No es mala suerte. Seis veces no es mala suerte. Seis veces es una tendencia, y una tendencia requiere que alguien pare y la mire de frente. Ese alguien era yo. Natori, por lo tanto, me tocaba a mí hoy.

Fui al sentō del barrio de Taishiro a media mañana, cuando el vapor todavía pesa y hay pocos clientes. El vestuario tiene lockers de madera que no cierran del todo, una banca en el centro con la laca desconchada en los bordes, y al fondo una máquina expendedora con dos filas de bebidas que nadie compra porque los carteles de los precios están torcidos y da la sensación de que tampoco funciona. Un hombre de unos sesenta años, con el pelo todavía mojado de la zona de duchas, abrió el locker de al lado del mío y sacó su reloj con una concentración absoluta, como si fuera la única tarea importante del día. No me miró. Yo tampoco le miré a él, pero vi todo. Así funciona ese sitio: presencia sin intrusión.

Me gusta el sentō por razones que no tienen nada de turísticas. El agua está demasiado caliente, lo cual es incómodo durante los primeros cinco minutos y perfecto después. No hay nadie que te explique la dinámica ni carteles en inglés, lo cual obliga a observar y copiar, y hay algo en ese proceso de observar y copiar que me recuerda a cuando llegué a Barcelona por primera vez con veintidós años y no entendía nada de cómo funcionaba la ciudad pero aprendí sin que nadie me lo enseñara. Natori no es Barcelona en ningún sentido que importe, pero esa mecánica de leer el entorno para no hacer el ridículo es universal y me resulta familiar de una manera concreta.

Salí del sentō pasado el mediodía y fui caminando por el corredor de la Oshu Kaido, que en este tramo no tiene nada de majestuoso: es una calle con tiendas de ferretería, un puesto de gyūtan con el menú escrito a mano en una pizarra blanca, y una heladería cerrada con un cartel que decía «hasta el 19» y hoy era 20. El gyūtan estaba bien. No como dicen, o no como dicen en los sitios donde hablan de gyūtan en general, pero sí mejor que suficiente. La lengua estaba tierna y el arroz venía con una cantidad de sal que en Europa nadie toleraría.

Lo que no sé todavía es si quedarme hoy sirve para algo. El patrón no desaparece porque yo decida ignorarlo un día. Mañana hay que moverse, y la pregunta es si mañana el sistema tiene ganas de cooperar o si la racha continúa con la misma indiferencia con que lo ha hecho durante estas tres semanas y media. El locker de madera del sentō no cerraba del todo. Lo empujé dos veces y lo dejé entornado.

Imprescindible en Natori, Japón

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