¿En qué momento uno deja de sorprenderse y empieza simplemente a contarlos? Hace cuatro días fue el último tropiezo, el que convirtió la serie en algo que ya no podía ignorar: seis contratiempos en veinticuatro días, con una cadencia tan regular que casi parece que alguien está marcando el calendario. Cinco retrasos y una avería de esos que te dejan esperando sin saber exactamente qué ni cuánto. No es catastrófico, no me voy a poner dramático, pero tampoco sería honesto fingir que no he empezado a reconocer el patrón como se reconoce una canción que uno no eligió poner pero que suena igual en todos los locales por los que pasa.

Esta mañana estaba sentado en una barbería pequeña de la calle, una de esas con tres sillas, un espejo que duplica las hileras de productos alineados con una precisión que nadie en el mundo tiene en casa, y el olor a aceite de afeitado que huele bien hasta que huele demasiado bien. El barbero, un tipo de unos cincuenta que no me miró directamente ni una sola vez mientras me cortaba, trabajaba en silencio total excepto por un programa de televisión que nadie estaba viendo. Me quedé ahí quieto, con esa inmovilidad obligatoria que te impone la silla de barbero, y pensé que llevar tres días en Natori sin moverme demasiado lejos tampoco ha sido una decisión por omisión. Ha sido una postura. Quedarme aquí, en esta ciudad que no genera entusiasmo en ninguna guía de viaje, fue exactamente lo que quería, que es distinto a decir que Natori me ha conquistado.

Porque no. No especialmente. Hay un corredor comercial a lo largo de la Nacional 4 que podría estar en cualquier prefectura del país: cadenas de conveniencia, talleres de neumáticos, un pachinko con las luces encendidas desde las diez de la mañana aunque adentro no hay nadie visible. Lo que sí tiene Natori, o al menos lo que encontré yo, es un ramen de la zona que no intenta convencerte de nada. Entré al Karayama casi sin querer, me senté en la barra, y pedí lo que señalaba el de al lado porque el menú plastificado tenía fotos pero yo no tenía certeza de lo que era qué. El caldo estaba lo suficientemente cargado como para que los primeros dos sorbos me parecieran demasiado intensos y los siguientes quince me parecieran justo lo que necesitaba. El de al lado, un hombre con ropa de obra todavía sucia de algo blanquecino, no me habló en todo el tiempo. Tampoco esperaba que lo hiciera.

Seguí caminando después, por el barrio que va hacia la florería y el arcén de la carretera donde los ciclistas van bordeando el asfalto con esa resignación específica del que pedalea al lado de camiones. Agosto en esta zona tiene ese peso particular de humedad que no es calor de mar sino calor acumulado, retenido, el que no se va por la noche. Los carteles de Obon están por todos lados, y algunos locales tienen papel de colores en las ventanas, aunque aquí la celebración parece más interior que exterior, menos procesión visible y más presencia implícita.

El sexto tropiezo de este ciclo dejó un agujero en el presupuesto que prefiero no calcular con precisión porque si lo calculo con precisión voy a estar pendiente del número en lugar de estar pendiente del día, y hoy el día era la barbería, el ramen, los ciclistas y el calor de agosto que huele un poco a asfalto blando. La serie va a romperse en algún momento. Eso lo sé. Lo que no sé es si el siguiente golpe llega antes de que se rompa o si mañana simplemente pasa una jornada sin ningún contratiempo y el patrón queda ahí, sin resolución, como la televisión de la barbería que seguía encendida cuando me fui y probablemente siguió encendida mucho tiempo después.

Imprescindible en Natori, Japón

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