«Ayer te vi salir», dijo, y yo llevaba el cuenco de sopa a medio camino entre la mesa y la boca cuando lo escuché.
Era el mismo de ayer por la noche. Lo reconocí por la chaqueta azul oscuro, una especie de cosa entre cazadora y bata de trabajo que nadie fuera del cinturón industrial de ningún sitio llevaría voluntariamente. Se había sentado dos mesas más allá, en la caseta de té que hay pegada a la calle sin nombre que sale de Tuanjie Lu hacia el interior del barrio viejo, un local tan estrecho que cuando alguien arrastra la silla rasca contra la pared del fondo. Las paredes están pintadas de verde, de ese verde de centro de salud de los años noventa que todavía me produce una sensación rara, y la luz del sol entraba por la única ventana a esa hora de la mañana dándome directamente en la rodilla derecha, que sigue con un raspón que no termina de cerrarse desde anteayer, cuando caí en esa acera rota cerca del mercado.
No le respondí de inmediato. Pedí que me rellenaran el cuenco, aunque no tenía especial hambre, porque necesitaba un segundo para pensar. El caldo era de hueso, bastante grasiento, con fideos finos y un trozo de algo que no identifiqué del todo. Estaba bien. No como dicen que está la sopa de Hami cuando te la venden en internet, sino bien de verdad, de esa forma que no necesita adjetivos.
«En El Vendrell», añadió, pronunciando las palabras en un español extraño pero comprensible, como si lo hubiera practicado en privado, «en la calle que baja hacia el mar.»
Eso me detuvo más que cualquier otra cosa. Porque es cierto que vivo cerca de esa calle. No exactamente en ella, pero lo suficientemente cerca como para que alguien que haya estado allí lo supiera. Y me preguntaba qué hacía un hombre en un local de té en Hami con esa información y con esa chaqueta y con esa forma de plantarse en el espacio de una persona sin ninguna señal visible de que le importara estar haciéndolo.
Le pregunté cuánto tiempo había vivido allí. Dijo que dos años, hace bastante tiempo, trabajando en algo que no entendí, una palabra en uyghur seguida de un gesto vago con la mano. Hablaba poco y lento y yo no sabía bien si eso era el idioma, la distancia cultural, o que estaba calculando cada frase antes de soltarla. Hay personas que piensan antes de hablar y personas que hablan para pensar, y con este hombre no conseguía ubicarlo en ninguno de los dos grupos.
Los otros clientes del local seguían con sus cuencos. Un señor mayor con un gorro tejido que no me miraba. Dos hombres más jóvenes que sí me miraban, brevemente, con esa indiferencia activa que es distinta a no mirar. El vapor de la cocina hacía que el aire oliera a grasa y a cardamomo, o algo parecido al cardamomo, y en algún sitio fuera sonó una bocina de coche tres veces seguidas y luego nada.
Le dije que era curioso, lo de El Vendrell. No dije nada más. Quería ver si él añadía algo, si completaba el círculo, si había algún motivo concreto para que me contara esto o si simplemente era el tipo de persona que lanza información así, al aire, como quien tira una piedra para ver dónde cae.
No añadió nada. Terminó su té, se levantó, pagó con un billete que dejó doblado en la mesa sin esperar el cambio, y salió. Yo me quedé con el raspón en la rodilla pulsando bajo la mesa y el cuenco todavía caliente entre las manos.
Imprescindible en Hami, China
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