¿Vuelvo o no vuelvo? Eso me estuve preguntando desde que abrí los ojos esta mañana, con la camiseta todavía con olor a aquella hoguera de ayer y la rodilla izquierda raspada de cuando alguien me empujó sin querer, o con querer, durante la pelea. No tengo claro qué pasó al final exactamente, ni quién le dio a quién, ni por qué giró todo tan rápido. Solo sé que estaba ahí, en medio, y de repente no había nada que mediar.

Fui a Tuanjie Road a mediodía, con el sol aplastando todo desde arriba y sin sombra útil en ningún sitio. La calle de día es otra cosa: los puestos de melón más o menos abiertos, cables eléctricos cruzando en todas direcciones sin ningún criterio aparente, paredes de adobe con pinturas descoloridas que anuncian productos que ya no existen. Buscaba el puesto donde había estado ayer antes de que empezara la fiesta. No lo encontré. En el lugar exacto donde recordaba haber visto las cajas apiladas había ahora un hombre vendiendo correas de reloj que miraba hacia otro lado cada vez que yo me acercaba, como si hubiera ensayado ese giro de cabeza. Le pregunté por el vendedor de melón. «No sé», dijo, en chino, y siguió mirando hacia la pared.

Estuve dando vueltas por el barrio casi una hora, lo cual no fue exactamente agradable porque el calor en Hami en julio no es el calor de «hace un poco de calor», es el calor de «el asfalto blando te intenta retener». Nadie me dio nada concreto. Una señora me explicó algo que no entendí del todo pero en lo que distinguí la palabra «cerrado» y un gesto hacia abajo con la palma, que en cualquier idioma significa que no hay nada que hacer.

Me metí en un bar pequeño porque no tenía otra cosa mejor que hacer y porque la alternativa era seguir sudando en la calle con el mismo resultado cero. El sitio tenía tres mesas, un ventilador de techo que giraba más despacio de lo que debería, y un televisor mostrando algo que parecía una telenovela mongola. Pedí algo frío. Mientras esperaba, el hombre de la mesa de al lado dijo algo en voz alta y luego me miró, como verificando si yo había entendido. No había entendido. Se lo dije. Repitió más despacio y esta vez sí: estaba preguntando si yo era de Madrid. Le dije que sí. Y entonces dijo que él había vivido en la calle Bravo Murillo, que si la conocía.

La conocía. De hecho, mi madre compra el pan en la panadería que hay a mitad de esa calle desde hace veinte años, en la misma que nunca te da el cambio exacto y siempre te queda a deber diez céntimos. Se lo dije y él se rió, aunque no creo que conociera la panadería específicamente. Pero la calle sí. Dijo que había vivido allí tres años trabajando en una empresa de logística y que la echaba de menos en los inviernos de Hami, que son aparentemente brutales. No supe qué decir a eso porque yo soy de Madrid y los inviernos de Madrid tampoco me parecen gran cosa, así que simplemente asentí.

Hablamos un rato. No fue una conversación profunda, fue una conversación de dos personas que tienen una coincidencia concreta y la estiran hasta donde da. Lo que me llamó la atención fue lo específico que era en sus recuerdos: el mercado de los jueves, el bar de la esquina con las máquinas tragaperras. Detalles que no inventas.

Cuando salí, el puesto de correas de reloj seguía ahí, el hombre seguía mirando hacia la pared. No sé si volveré mañana a buscar algo que ya no voy a encontrar. La rodilla me duele más de lo que me parecía esta mañana.

Imprescindible en Hami, China

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