Llevaba dos horas parado frente al mismo puesto en la calle Tuanjie cuando la vendedora señaló el melón y dijo un número que no entendí, pero entendí perfectamente. Era un número alto. Reconozco esa clase de número aunque me lo digan en uyghur, en mandarín o en cualquier idioma que no hable: el número que te calculan a la cara, el que mide cuánto has caminado ya y cuánta hambre se te nota.

El problema es que después de seis semanas con un contratiempo detrás de otro, el más reciente todavía anteayer, llego a esta calle de comida con las reservas de buena voluntad bastante cerca de cero. No es que la vendedora me cayera mal, en absoluto. Es que la paciencia para negociar tiene un umbral, y el mío lo fui gastando en trenes parados, en esperas sin explicación, en el calor de Korla que durante días convirtió cada decisión en algo más costoso de lo que merecía. Llego a Hami con el cuerpo físicamente bien pero con algo en la actitud que ya no se restablece tan fácil.

El melón era un Hami real, de la cosecha de julio, con la piel amarilla y reticulada y una grieta pequeña en un extremo donde ya había empezado a abrirse solo de maduro. La vendedora lo levantó, lo golpeó con el nudillo como se golpea una puerta, y el sonido fue sordo y satisfactorio de un modo que me resultó difícil ignorar. Había media docena de variedades en el puesto, algunas con pulpa anaranjada tan intensa que parecía encendida bajo la luz de las dos de la tarde, que aquí en julio no perdona nada ni a nadie.

Negociamos sin hablar ninguno el idioma del otro, que es a la vez más lento y más honesto que negociar con palabras: ella bajó el precio una vez, yo puse cara de duda sin moverme, ella cortó una rodaja fina con un cuchillo de mango rojo y la extendió hacia mí sin decir nada. La pulpa era fría, lo cual no tiene ningún sentido porque llevaba horas al sol, pero era fría de ese modo en que las frutas de verdad son más frías de lo que deberían. Compré medio melón. No llegué a convencerme de que el precio fuera justo, pero tampoco me importó tanto como me hubiera importado dos días antes.

Lo que vino después no lo tenía calculado. La vendedora, que se llamaba algo que no conseguí pronunciar bien en ninguno de los tres intentos, me hizo un gesto con la cabeza hacia el interior de un local sin cartel que había justo detrás del puesto, y de algún modo que todavía no sé explicar del todo, cuarenta minutos más tarde estaba sentado en una fiesta que no era para mí, rodeado de gente que claramente se conocía de años y que me miraba con esa curiosidad amable pero evaluadora que tienen las reuniones familiares cuando aparece alguien que no debería estar ahí.

La comida era genuinamente buena, y no lo digo por ser educado: el cordero con comino tenía una costra negra por fuera que sabía a carbón de leña y especias que no identifiqué bien, y había algo con cebolla caramelizada que desapareció del plato central antes de que pudiera repetir. El alcohol circuló en cantidades que no esperaba para una tarde de martes, y en un momento dado, cerca de las siete, dos hombres en el rincón del fondo empezaron una discusión que escaló antes de que nadie reaccionara y acabó con una mesa volcada y un vaso roto contra el suelo de cemento. Nadie pareció muy sorprendido. Yo sí.

Salí cuando la situación todavía no estaba resuelta del todo, con el medio melón metido en la mochila y la pulpa ya un poco aplastada, y la fruta dejó un rastro húmedo de azúcar en el forro interior que seguramente tardará días en irse.

Imprescindible en Hami, China

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