Hami aparece desde el aire como un circuito de riego: líneas rectas, parcelas rectangulares, verde seco interrumpido por tierra beige. No hay drama geográfico. Es una cuenca plana rodeada de montañas que se quedan quietas al fondo, como si llevasen siglos sin moverse y no pensaran empezar ahora.

Aterricé con la tarde ya inclinada hacia el calor máximo, que aquí no es el calor húmedo de otros sitios sino algo más seco y más serio, el tipo de calor que te convence de que el aire tiene temperatura propia. Y entonces pasó lo que lleva pasando desde hace semanas: otro contratiempo. Esta vez el problema era concreto y bastante estúpido, un servicio de conexión local que aparecía como disponible hasta que intenté usarlo y resultó que no lo estaba, lo cual me cerró la posibilidad de llegar a donde tenía que llegar antes de las seis. Ayer todavía estaba en tránsito aguantando otra variante del mismo problema. Hace cinco días, lo mismo. Hace seis, lo mismo. Llevo contando estos tropiezos desde hace más de una semana y no voy a fingir que no me aburre porque me aburre mucho.

Pero hay un momento en que la irritación deja de ser útil y se convierte en ruido de fondo, y ese momento llegó bastante rápido hoy. Con la conexión perdida y todavía dos horas largas hasta que se pudiese gestionar otra alternativa, caminé hacia el mercado informal que hay cerca de la carretera de Tuanjie, el que funciona bajo toldos de lona beige bastante deteriorados y donde se venden melones de Hami apilados con una geometría que parece estudiada pero probablemente es sólo costumbre.

El melón de Hami no es una exageración turística. Tiene razón de ser: piel fina con marcas reticuladas, pulpa naranja que huele antes de que la partas, dulzor que no empalaga. Los vendedores llevan una báscula de gancho oxidada que me genera una confianza razonable, lo cual es más de lo que puedo decir de muchas cosas. Vi que el precio rondaba los ocho yuan por kilo para los de primera categoría y algo menos para los que tenían algún golpe. Calculé rápido: con lo que llevo encima podría comprar cantidad suficiente para los próximos días y además tendría algo con lo que negociar si el alojamiento resultaba más caro de lo previsto. No es un plan brillante, es aritmética de supervivencia básica.

Compré tres kilos del segundo grupo, los golpeados, porque el golpe era superficial y el precio bajaba un cuarenta por ciento. El vendedor no me miró ni una sola vez durante toda la transacción, ni al pesarlos ni al cobrarme ni al devolverme el cambio, lo cual no sé si es desconfianza o simplemente que tiene cosas más importantes en las que pensar. Me quedé con la bolsa en la mano sin saber muy bien qué interpretar y decidí que tampoco importaba.

El paisaje desde el mercado no tiene ningún punto focal concreto: campos, un depósito de agua que no parece estar en uso, las montañas al fondo quietas como siempre, el sol aplastando todo con una luz sin matices. A veces las ciudades te reciben con algún gesto. Hami no hace eso. Hami está ahí, funcionando, indiferente a que hayas llegado o no.

La conexión alternativa se pudo gestionar al final, aunque con retraso suficiente para que ya no mereciese la pena apurarse. Llegué al alojamiento con la bolsa de melones, un nivel de frustración que ya se había enfriado hasta convertirse en algo parecido a la neutralidad, y la certeza de que mañana voy a necesitar averiguar qué ocurre en esta ciudad más allá de los toldos de lona y la aritmética del mercado.

Un trozo de melón encima de la cama, la ventana abierta, el calor entrando de todas formas.

Imprescindible en Hami, China

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