«El documento está listo, puede pasar a recogerlo entre las diez y las doce», me dijo ayer el funcionario antes de que me dejaran salir del edificio de Binhu Avenue. Lo dijo con la calma de alguien que anuncia el horario de un autobús, como si las cuatro horas anteriores no hubieran ocurrido. Me fui a dormir sin saber bien qué documento era exactamente ni por qué necesitaba recogerlo yo, que no lo había pedido.

Esta mañana a las nueve y cuarenta estaba ya en la calle, porque con cuarenta y dos grados el plan es simple: moverse antes de que el sol convierta el asfalto en algo parecido a chicle. Binhu Avenue a esa hora todavía tenía sombra en el lado norte, la que dan los álamos que plantaron demasiado juntos y que huelen a polvo y a algo vagamente medicinal. Un letrero en chino, árabe y cirílico anunciaba no sé qué de un centro administrativo que abre a las diez. Había una cámara encima, otra más abajo apuntando al cruce, y una tercera que no apuntaba a nada en particular o apuntaba a todo, que viene a ser lo mismo.

El sobre era pequeño, de papel manila barato, con mi nombre escrito a mano en caracteres latinos y luego transliterado en uyghur por debajo. Dentro había una hoja con un sello y cuatro párrafos que no pude leer del todo pero que incluían la palabra «notificación» varias veces y una fecha. No la fecha de ayer, sino una del martes. Lo cual no aclara nada, sino que añade la pregunta de por qué tardaron tres días en dármelo, o de si esto existía antes de que yo llegara, que es una posibilidad que prefiero no considerar demasiado.

El funcionario de turno esta mañana era distinto al de ayer. Este tenía una botella de agua en el escritorio con el logo de una empresa petroquímica que no reconocí y llevaba los auriculares puestos cuando entré, y tardó un momento en quitárselos. Le pregunté si podía explicarme el documento. Me dijo que era una notificación de presencia para extranjeros en zonas de gestión especial durante períodos de actividad pública. Le pregunté si podía seguir moviéndome por la ciudad. Me miró como si la pregunta fuera técnicamente válida pero personalmente absurda. «Claro», dijo. Y ya está.

Salí sin saber mucho más que antes, lo cual puede ser una buena noticia o puede no serlo. Me quedé diez minutos bajo uno de los álamos porque no tenía adónde ir con urgencia y porque cuarenta y dos grados es una temperatura que obliga a tomar decisiones estratégicas sobre dónde estar parado. Pensé, sin querer pensarlo, en cómo en Holanda la palabra «notificación» en un documento oficial dispara un protocolo completo en la cabeza de quien lo recibe: formularios, plazos, recursos. Aquí la misma palabra en un documento que no entiendo del todo me produce más bien un silencio interno un poco raro, como cuando no encuentras la ranura donde encaja la ficha.

Un hombre que estaba sentado en un banco cercano llevaba una bolsa de plástico con lo que parecían ser cuatro melones pequeños. Me miró, miró el sobre en mi mano, y no dijo nada. Eso fue todo el intercambio. Pero hubo algo en cómo bajó la vista que me hizo guardar el papel en la mochila en lugar de seguir mirándolo en medio de la calle.

El desierto empieza justo donde termina la ciudad, sin gradación. Desde aquí, si uno avanza unos kilómetros hacia el sur, no hay nada más que arena y un camino de tierra que el calor vuelve blanco. No pienso ir. Pero es curioso tener eso tan cerca, como una opción que nadie toma.

El sobre está en la mochila. Todavía no sé qué hago con él.

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