Hay un tipo de calor que no negocia. El de Korla a mediodía es ese tipo: sin sombra útil, con el suelo seco de la cuenca del Tarim reflejando la luz hacia arriba como si el cielo fuera una segunda fuente. Salí con la intención de llegar al paso de Tiemenguan antes de que el sol alcanzara el punto en que caminar deja de ser una opción adulta, y lo que pasó fue que terminé sentado durante tres horas en un edificio de la administración local con paredes pintadas de un beige que no encaja con ningún periodo decorativo conocido.
El día había empezado con la inercia buena de ayer. La negociación en el mercado de Xinhua Lu salió bien, el tipo del puesto de ban mian terminó cediendo un precio razonable y yo salí con la sensación torpe pero real de haber funcionado en un idioma que no es el mío. Esa sensación te pone en modo oportunista: llegas al día siguiente buscando otra cosa donde aplicarla. Error de cálculo.
Lo que no calculé fue que este sábado había concentraciones frente a los edificios del centro, tranquilas pero densas, con gente que sostenía papeles y carteles y hablaba con funcionarios apostados en las entradas. No sé exactamente qué reclamaban porque nadie me lo explicó y yo tampoco pregunté con demasiada insistencia. Un hombre con uniforme gris y una placa plastificada en el pecho me hizo un gesto inequívoco hacia el interior del edificio más cercano: algo entre invitación y sugerencia firme. Entré.
Dentro había otros que habían entrado por razones similares: un comerciante de algún sitio al norte con una bolsa de poliéster roja, dos chicas jóvenes que miraban el teléfono sin levantar la vista, un hombre mayor con sandalias de goma que dormía en una silla plegable con una capacidad que yo nunca tendré para ese tipo de descanso urgente. El ventilador de techo tenía una pala rota y giraba con un traqueteo irregular que al principio parecía amenazar algo y luego se convertía en paisaje sonoro. Me senté. No había otra opción útil.
Durante las primeras dos horas no pasó gran cosa. Un funcionario joven me preguntó en inglés de dónde era y cuando dije Barcelona asintió con el entusiasmo contenido de quien reconoce el nombre sin tener más datos. Luego me dejó tranquilo. Saqué el cuaderno y anoté algunas cosas sobre los precios del mercado de ayer, sobre los melones enormes de pera korla que se apilan en todas las esquinas con un dulzor que no esperaba, sobre el hecho de que llevo suficientes días aquí como para saber que el tramo entre el centro y el lago es mejor caminarlo antes de las ocho si uno no quiere llegar con la ropa pegada al cuerpo.
El momento que no esperaba llegó en la tercera hora: el mismo funcionario de antes me puso delante un papel en chino y me señaló una línea con el dedo. No era una multa ni nada que lo pareciera. Era, entendí después con ayuda del comerciante de la bolsa roja que hablaba algo de ruso y algo de mandarín y hacía gestos de traductor voluntario, un registro de presencia. Solo eso. Firmé con mi nombre y un número de pasaporte que ya no necesito consultar porque lo tengo memorizado de tanto repetirlo.
La calle, cuando por fin me dejaron salir, tenía ese silencio específico que deja la gente cuando acaba de marcharse en grupo. El suelo estaba cubierto de hojas de papel impresas, la clase de papel que se queda en el asfalto y nadie recoge de inmediato. Me alejé hacia el norte, hacia el filo árido donde la ciudad se acaba y empieza la piedra. Tiemenguan tendría que esperar otro día con menos historia acumulada entre las nueve y las doce.
Imprescindible en Korla, China
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