Hay una grieta en la pared del callejón que da al mercado, una grieta que arranca desde abajo y sube en diagonal unos cuarenta centímetros, bordeada de ocre quemado y de un gris sucio que la luz de mediodía convierte en algo casi geológico, como si la pared llevara siglos separándose de sí misma sin terminar de hacerlo. Me quedé mirándola más tiempo del razonable. No por encontrarla bella, sino porque era exactamente eso: una cosa que no avanza ni retrocede, que simplemente permanece ahí, partida a medias.

Ayer, en algún momento que no supe identificar a tiempo, alguien me sacó el billete de veinte yuanes que llevaba suelto en el bolsillo delantero del pantalón. No fue un atraco. No hubo empujones. Fue ese tipo de robo invisible que ocurre en los mercados llenos cuando uno está mirando hacia otro lado, que en mi caso era un puesto de melón cortado en cuartos cubiertos con film transparente, un melón de Hami que supuestamente es el mejor del mundo y que yo quería comprar como turista obediente. Me di cuenta al ir a pagar: el bolsillo vacío, el vendedor esperando, yo revisando el otro bolsillo dos veces con esa sensación de haber hecho algo mal aunque el culpable fuera otro. Terminé pagando con lo que quedaba en la cartera, que anda rondando los doscientos ochenta yuanes ahora, y el melón estaba bien pero no era para tanto.

Lo que me irritó más no fue el billete. Fue que la situación coincidió, casi a la hora, con una cosa que llevo dándole vueltas desde ayer por la tarde: un hombre que se quedó observándome durante un buen rato cerca de la pagoda, demasiado fijo para ser casual, y que cuando crucé su mirada se giró despacio, sin prisa, como quien termina una tarea. No digo que sea el mismo. Pero tampoco digo que no. Y cargar con esa incertidumbre en un mercado lleno de gente tiene un peso específico que no logré sacudir en toda la mañana.

Llevo dos semanas con contratiempos encadenados, empezando hace catorce días con el primero y sin soltar el ritmo hasta hace dos días, cuando creí que la racha había cedido. No había cedido. Mi hermano me dijo antes de salir que esto era una locura, y la frase que entonces me pareció provinciana me suena ahora con una precisión que me molesta admitir, no porque él tuviera razón sobre la locura, sino porque nunca imaginé que la parte difícil fuera esta: no los kilómetros ni el dinero, sino mantener el criterio cuando todo empuja hacia el movimiento, hacia resolver, hacia irse a otro sitio como si cambiar de ciudad resolviera algo.

Así que no me fui. Fui a los muros del casco antiguo, que huelen a polvo caliente y a algo vagamente orgánico que no supe clasificar, y me senté en el suelo con la espalda apoyada en uno de esos bloques de tierra comprimida que llevan décadas resistiendo el viento seco del Xinjiang. No fue descanso. Fue una decisión. Me quedé ahí deliberadamente, sin cámara, sin nota de voz, sin lista de pendientes, sabiendo que en algún punto de la ciudad ese hombre de ayer podía seguir haciendo lo que hiciera, y que el bolsillo seguía vacío, y que ninguna de esas dos cosas mejoraba por moverme.

La grieta en la pared del callejón seguía ahí cuando volví a pasar, a media tarde, con el sol ya rasante y la luz convirtiendo el ocre en algo casi metálico. No había avanzado.

Imprescindible en Hami, China

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