Saqué el papel donde tenía anotada la parada y conté: ocho. Ocho veces en quince días me ha fallado algo en esta ciudad, y esta mañana ha sido la octava con una puntualidad que ya roza lo cómico. El autobús 3 no pasó. O pasó antes. O pasó de largo. El caso es que me quedé plantado en una esquina del barrio viejo sin saber exactamente dónde estaba, con el sol de julio en Hami empujando desde arriba como si tuviera algo personal contra mí.

Lo que debería haber hecho era volver. Pero llevaba ya tanto rato parado que seguir andando en cualquier dirección me parecía mejor opción que quedarme quieto por novena vez. Así que giré a la derecha por una calle sin nombre visible, o con un nombre que solo estaba en caracteres que no sé leer, y acabé delante de una puerta entreabierta con un olor a té muy concentrado saliendo de dentro.

Entré. No sé si era un local público o la sala de alguien. Había mesas de madera oscura, un termo de metal en el centro de cada una, varios vasos vacíos que nadie había recogido todavía, y una luz que entraba por la única ventana y hacía visible todo el polvo que flotaba en el aire. Un hombre de unos sesenta años me miró desde el fondo sin levantarse ni decir nada, y yo hice lo que se hace en esas situaciones: asentí, señalé una mesa, y me senté como si hubiera reservado. Él siguió mirando. Luego trajo un vaso.

El té era negro y fuerte y llegó sin que yo lo pidiera, lo cual interpreté como buena señal o como indiferencia total, no tenía forma de saber cuál. En la mesa de al lado había una servilleta de papel con algo dibujado encima, pero el dibujo era tan pequeño y tan borroso que no conseguí descifrar si era un mapa o un garabato sin más. Me quedé con el vaso entre las manos mirando el jardín que se veía por la ventana: cuatro árboles, un banco de piedra, ningún cartel, ninguna indicación de que aquello existiera. No aparece en ninguna aplicación que yo haya revisado. Puede que no aparezca en ningún sitio.

Y ahí, en esa habitación con el polvo flotando y el té demasiado caliente para tomarlo de golpe, me di cuenta de algo concreto: llevo quince días en Hami esperando que las cosas se resuelvan solas, y no se han resuelto solas ni una vez. Ayer fue otro contratiempo. Hace tres días, otro. Hace seis, otro más. El patrón es tan claro que me resulta difícil no verlo como una señal de que el problema no es la mala suerte sino la estrategia, o la falta de ella.

Así que tomé una decisión mientras el hombre del fondo se servía su propio té y miraba hacia otro lado: esta tarde voy a la zona de la estación de tren y compro o reservo lo que haga falta para salir de aquí en los próximos días. Sin margen, sin «ya veremos». He estado demasiado tiempo parado en una ciudad donde, además, alguien hace tres días me dijo cosas sobre mis movimientos que no tenía forma de saber, y ese detalle me sigue rondando aunque no sepa qué hacer con él.

El hombre volvió a mirarme cuando me levanté para irme. No dije nada. Dejé unas monedas en la mesa, más de lo que debería haber costado un té en un sitio que quizás ni siquiera era un sitio. Él hizo un gesto mínimo con la cabeza. El jardín seguía ahí por la ventana, con sus cuatro árboles y su banco de piedra, sin que nadie lo visitara.

Imprescindible en Hami, China

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