Cualquiera diría que ya lo tengo asumido. El autobús que iba a llevarme al extremo oeste de la ciudad esta mañana simplemente dejó de moverse en el tramo de Guangdong Road, sin aviso, sin explicación en ningún idioma que yo pueda entender. El conductor se bajó, encendió un cigarrillo y miró hacia el horizonte con la misma expresión que yo uso cuando llevo veinte minutos esperando un café que nadie me va a traer. Treinta y cinco minutos parado. Es el séptimo problema de este tipo en trece días. Ya no me sorprende. Lo que sí me sorprende es que cada vez encuentro una razón ligeramente distinta para no volverme loco: hoy fue que el señor del asiento de delante llevaba unas pantuflas de forro azul que claramente no eran de andar por la calle y me quedé mirándolas más tiempo del necesario.
La luz que entra por la ventana del hostal a esta hora tiene algo útil: llega de lado y no da directamente en los ojos. Así que me quedé un rato ahí sentado con el diario abierto sin escribir nada, pensando en el jardín del día anterior.
Ayer me bajé una parada antes en el extremo norte, por error o por distracción, y terminé en un callejón sin nombre donde había una puerta entreabierta con hiedra encima. Entré porque nadie me dijo que no. Adentro había un jardín pequeño, bien cuidado, con una parra en el centro y tres bancos de madera sin pintar. No aparece en ningún mapa que yo haya visto. No hay cartel. Había una mujer mayor regando una jardinera con una botella de agua cortada por la mitad, y me miró sin sorpresa excesiva, como si la aparición de un extraño con mochila fuera algo perfectamente ordinario en un martes cualquiera. No hablamos. Me quedé cinco minutos y salí sin entender bien qué acababa de ver.
Hoy quería volver. El problema es que no recordé exactamente en qué parada me bajé, lo cual, sumado al autobús varado en Guangdong Road, me dejó parado en una acera con el mapa del teléfono apuntando hacia un punto que no coincidía con ningún callejón visible. Caminé tres cuadras hacia el norte, luego dos hacia el este, y encontré la parra. La puerta estaba cerrada esta vez. No con candado, solo cerrada. Empujé despacio. Se abrió.
El jardín seguía igual. La mujer no estaba. Había un niño sentado en uno de los bancos comiendo algo rojo que podría ser melón, podría ser otra cosa. No me preguntó nada. Yo tampoco pregunté nada. Me senté en el banco más alejado y estuve ahí quince minutos mirando la parra y el modo en que la luz de las once de la mañana hacía cosas interesantes con las hojas, que son grandes y tienen una textura áspera que no esperaba al tocarlas.
El tobillo derecho sigue molestando un poco cuando camino más de cuarenta minutos seguidos, secuela de lo de hace cuatro días. No me impide moverme pero sí me hace calcular las rutas de otra manera: menos calles con adoquines irregulares, más sombra cuando es posible. Con lo que me queda en el bolsillo tengo que pensar dos veces antes de tomar un taxi por capricho.
Salí del jardín sin saber si voy a volver. Quizás mañana la puerta esté cerrada con llave. Quizás la mujer con la botella cortada me explique algo que yo no voy a entender. Quizás el niño del melón sea el único habitante permanente de ese pedazo de sombra que nadie ha catalogado todavía. El autobús de vuelta funcionó sin incidentes, lo cual, después de trece días, ya lo registro mentalmente como una pequeña victoria que no merece celebración pero sí reconocimiento tácito.
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