Aterricé en Ulán Bator con la tarde ya cayendo, el cielo color ceniza húmeda y una sensación rara de haber llegado demasiado tarde a algo que empezó sin esperar a nadie. El festival llevaba horas en marcha, no días todavía, pero ya se notaba en todo: los caminos que rodean el valle del Tuul convertidos en estacionamientos improvisados donde los vehículos se aparcaban en diagonal sobre la hierba, las guías y carteles en mongol con bordes plastificados que nadie había recogido todavía del suelo, y ese sonido de megáfonos a distancia que anuncia algo importante que ya pasó.
No esperaba disfrutar el Naadam. Eso hay que decirlo desde el principio para no parecer idiota después. Soy bastante malo con los eventos diseñados para producir emoción colectiva, y el Naadam es exactamente eso, una infraestructura enorme armada para que la gente sienta algo en grupo, un sistema con sus propias reglas de flujo, sus cuellos de botella, sus zonas de descarga emocional bien señalizadas. Lo vi desde la avenida de la Paz antes de acercarme a nada: el movimiento en bloque de la gente, la distribución ordenada de los vendedores ambulantes, el perímetro de vallas naranjas que dividía el espectáculo del público pagante. Me pregunté quién había calculado los ángulos de esas vallas porque estaban casi perfectos para impedir cualquier vista lateral gratuita.
El problema fue el mercado de Khuchit Shonkhor, al que llegué con la idea estúpida de comer algo rápido y orientarme antes de buscar el hostel. Había una aglomeración irracional junto a los puestos de la entrada, gente empujando desde dos direcciones al mismo tiempo, y en algún punto entre la fila del buuz y el puesto de agua embotellada perdí la billetera de la mochila lateral. No la billetera principal, que iba en el bolsillo interior, pero sí la pequeña donde cargo el efectivo suelto para el día. Había unos ochenta yuan ahí, y además el papel donde tenía apuntada la dirección del hostel en caracteres mongoles que había copiado mal de Google Maps esa misma mañana, en el aire, con la mitad del sueño encima. Resultado: sin efectivo del día y sin dirección, en un mercado donde nadie hablaba más que mongol o, en los mejores casos, un inglés reducido a sustantivos aislados. Tardé cuarenta minutos en conseguir que alguien me buscara la dirección en su teléfono y la reescribiera con una caligrafía que el taxista pudiera reconocer. El taxista, por cierto, no tenía cinturones en los asientos traseros, cosa que noté justo cuando arrancó a una velocidad que no correspondía con el atasco que había por todos lados.
Tengo una memoria involuntaria con los sistemas complejos, una cosa que me pasa desde que trabajaba diseñando flujos de automatización: cuando veo un sistema suficientemente grande, el cerebro empieza solo a mapear sus partes. El Naadam funciona así, con una lógica interna bastante sólida si uno la mira desde afuera. Los corredores peatonales, los puntos de concentración de las lucha, la distribución temporal de los eventos hípicos que aleja al público del centro de la plaza. Todo está calibrado para que la capacidad nunca se sature del todo, para que la experiencia parezca espontánea aunque claramente no lo sea. Esto no me parece un elogio ni una crítica, solo una observación de alguien que llegó cansado y no estaba de humor para dejarse absorber.
Desde la zona baja del valle, con las gers plantadas en filas bastante regulares sobre la hierba y los caminos dibujados a base de tanto pisarlos, el conjunto tenía esa estética de infraestructura provisional que ya lleva semanas instalada, con las huellas de los vehículos marcando rutas en la tierra seca y el polvo suspendido a baja altura bajo una luz que ya no era de tarde pero tampoco de noche. Alguien había dejado una bolsa de plástico atada a una de las estacas de una ger, moviéndose un poco con el viento, sin ninguna razón aparente.
Imprescindible en Ulán Bator, Mongolia
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