¿Cuánto vale exactamente un café de mediodía en Ulaanbaatar cuando ya llevas ayer con el equivalente de cincuenta yuanes menos en el bolsillo y todavía no entiendes cómo ocurrió? La pregunta me rondaba mientras caminaba por la Avenida de la Paz con el sol de julio cayendo directo sobre el asfalto y una ciudad mitad paralizada, mitad desbocada por el Naadam. Las tiendas de siempre cerradas, los puestos de siempre abiertos, colas en los sitios más improbables y motos circulando por donde no deberían. Intenté pasar por la oficina de gestión de huéspedes del edificio gris de la calle lateral donde tenía que aclarar un cobro duplicado de ayer, y el cartel en cirílico que colgaba en la puerta era inequívoco incluso para mí: cerrado por festivo. Genial.
Así que me quedé en la calle, parado en la acera con los vehículos pasando demasiado cerca, sin plan concreto más allá de no gastar lo que no tenía que gastar. Un par de turistas en del.ante mío llevaban camisetas de la ceremonia de apertura del Naadam que probablemente costaban lo que yo no quería calcular. Los dejé pasar.
El café al que entré no tenía nombre visible desde la calle, o lo tenía pero estaba tapado por un cartel de bebida energética naranja que alguien había pegado con cinta adhesiva directamente sobre el letrero. Dentro olía a fritanga y a ambientador de fresa barata, esa combinación que solo existe en locales que sobreviven por inercia pura. Pedí lo más sencillo del menú porque no había mucho más que pedir, y me senté en la mesa del fondo que tenía una pata corta y oscilaba cada vez que apoyaba el codo.
El hombre se sentó a la mesa de al lado sin pedir permiso ni mirarse los pies, como hacen los que llevan muchos años haciendo lo que les da la gana. Unos sesenta años, chaqueta de lino arrugada con una mancha de algo marrón en la manga derecha, vaso de té que no tocó en veinte minutos. Hablaba inglés con acento británico marcado y sin ningún esfuerzo por bajar la voz. Empezó preguntándome si era español, y cuando le dije que sí arrugó la cara de una manera que no terminé de interpretar. «España», dijo, como si el nombre fuera un diagnóstico.
Acabamos en otro local a cuatro calles de allí, uno que él conocía y que describió como «más honesto», que en la práctica significaba más oscuro y con menos sillas. Pidió dos chupitos de algo transparente que no era vodka aunque lo parecía, y yo acepté porque negarme en ese punto habría sido un esfuerzo mayor que el chupito mismo. Entre el primero y el segundo empezó a hablar del Golfo. No de manera general: de lugares específicos, de fechas, de operaciones con nombres en clave que pronunciaba con la fluidez de quien los lleva tres décadas guardados y ya empieza a no importarle tanto guardarlos. Mencionó el MI6 sin que yo se lo preguntara, con la misma naturalidad con que mencionó el nombre de un restaurante de Basora donde comía cuando el sitio todavía estaba en pie.
No sé si era verdad. No tengo manera de saberlo y no voy a fingir que la tengo. Lo que sí sé es que sonaba demasiado específico para ser pura invención de borracho, y demasiado inverificable para que yo supiera qué hacer con ello. Lo anoté mentalmente como haría con cualquier cosa que no sé dónde clasificar.
Salí a la Avenida de la Paz con la tarde ya larga y la ciudad todavía llena de gente moviéndose en todas direcciones. El tema del cobro duplicado sigue sin resolverse. La oficina sigue cerrada. Y yo llevo en el bolsillo menos de lo que debería, más información de la que pedí, y el sabor residual de algo que definitivamente no era vodka.
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