«Bé, bé», repitió el hombre de mi izquierda levantando el cuenco hacia mí, y yo lo imité sin tener ni idea de lo que estábamos celebrando. La tetería olía a caldo de cordero y a algo lácteo que no sabría precisar, y afuera el barrio funcionaba en otro registro, más festivo, más ruidoso, con gente que pasaba en grupos por la acera sin el ritmo habitual de un miércoles cualquiera.

Me había sentado en la primera mesa libre que vi, una de esas mesitas de fórmica color marrón claro con la esquina levantada, y pedí té con leche señalando el cuenco del hombre de al lado. La pared tenía un cartel en cirílico y debajo, pegado con celo, un calendario de 2024 todavía en diciembre. La taza que me trajeron tenía un dibujo de fondo, una flor de loto o algo parecido, medio borrado de tanto lavar.

El problema no era estar ahí. El problema era lo de ayer.

No sé qué hacer con lo que me contó ese hombre. Llevo desde anoche dándole vueltas y sigo sin saber si creerle, si descartarlo o si simplemente dejar que se evapore como se evaporan tantas conversaciones de bar. Hay algo que no cuadra: la precisión de los detalles. Los nombres, las fechas, la geografía de ciertas operaciones. Nadie inventa con esa granularidad sin un motivo, y ese motivo me preocupa más que el contenido en sí.

Levantaron los cuencos otra vez. Me uní. El hombre de enfrente, con el gorro puesto dentro del local porque en Mongolia eso al parecer es completamente normal, asintió con seriedad y bebió largo. Nadie me explicó nada y tampoco pregunté. Una botella térmica pasó de mano en mano, sirviendo algo que no era té.

Crecí en Gouda, en una ciudad donde la gente guarda sus asuntos con una precisión casi artesanal. No se cuentan cosas así por las noches, no a desconocidos, no entre el tercer y el cuarto chupito. Eso no es normal en ningún sitio que yo conozca, y sin embargo ahí estaba yo, escuchando. La pregunta que no me deja quieto es si fui yo quien siguió escuchando o si él me mantuvo escuchando, que son dos cosas distintas.

Podría ir a buscarle. Sé el bar donde estábamos, sé más o menos a qué hora suele aparecer. También podría no hacer nada, quedarme en esta tetería el tiempo que haga falta, tomar otro cuenco de té con leche demasiado salada para mi gusto, y tratar este asunto como lo que quizás es: la historia de un viejo que bebe solo en un país que no es el suyo y que necesita que alguien le escuche.

El problema es que las dos opciones me parecen igual de incómodas.

Pagué el té, que costó lo que cuesta un café malo en cualquier parte, y salí. En la calle, un grupo de hombres con las mejillas quemadas por el sol llevaban trajes de colores que no veía fuera de contextos muy específicos. Las papeleras estaban llenas. Un perro dormía pegado a una pared con esa entrega total con la que duermen los perros cuando saben que nadie los va a molestar.

Todavía cargo con el papel donde anoté una cosa que me dijo. No lo he tirado. Tampoco lo he vuelto a leer.

Imprescindible en Ulán Bator, Mongolia

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