Salí de Ulán Bator en el primer vuelo de la mañana con la resaca mental de ayer todavía instalada: ese brindis en el bar mongol donde todos sabían exactamente qué estaban celebrando y yo levantaba el vaso como si supiera también, sonriendo con la vaguedad de quien no entiende una sola palabra pero tampoco quiere desinflar el momento. No sé qué brindaban. No lo supe ayer y no lo sé ahora, dos horas más tarde, bajando hacia el calor de Pekín.
El calor es inmediato y físico, no metafórico. A las diez y cuarto ya había treinta y tres grados en Niu Jie y el asfalto olía a algo entre aceite de sésamo quemado y plástico caliente, que no es una combinación tan mala como parece. Me metí por la calle principal del barrio hui porque alguien en Ulán Bator me lo había mencionado, uno de esos comentarios al pasar que luego resultan ser los mejores consejos. Los puestos de cordero con comino estaban abiertos desde temprano, con la carne ya rotando en brochetas cortas y el humo yendo directamente a la cara de quien pasara por allí, que era yo. Me quedé parado más tiempo del necesario mirando cómo el hombre del puesto separaba los trozos sin mirarlos, con una precisión que da envidia.
Pedí dos brochetas y un pan de sésamo plano, y fue ahí, buscando los billetes en el bolsillo, cuando me di cuenta de que la cartera no estaba. Bolsillo delantero: vacío. Bolsillo trasero: vacío. La mochila pequeña: una bolsa de papel con las instrucciones del vuelo y dos chicles sin envoltorio. La cartera estaba en el suelo del taxi, en algún punto entre el lugar donde me dejaron y Niu Jie, con el equivalente a cuarenta euros en yuanes dentro. No el pasaporte, no las tarjetas, solo el efectivo. El efectivo que necesitaba para moverse por un barrio donde la mitad de los puestos no aceptan otra cosa. Perfecto.
El hombre de las brochetas me miró. Yo le miré a él. Saqué el teléfono, busqué el pago por código QR, y por suerte tenía WeChat cargado desde la última vez que estuve en China. No me cobró de más. Me lo agradeció en silencio, sin sonreír, lo cual me pareció honesto.
El resto de la mañana lo pasé con el presupuesto mentalmente recortado, calibrando cada cosa. Bajé hacia Bai Guang Lu por uno de esos hutong que tienen las paredes tan juntas que si extiendes los brazos casi tocas los dos lados, con el olor a fermentado saliendo de algún sótano y el calor acumulado entre la piedra desde las nueve. No hay sombra. O hay sombra o hay hutong, raramente las dos cosas a la vez. Un ventilador de techo giraba en la puerta de un local sin letrero, y dentro había cuatro mesas ocupadas por gente comiendo algo que parecía tripas estofadas en salsa oscura y que olía exactamente como lo que era: intenso, animal, sin disculpa.
Me senté. Pedí lo mismo que tenían los demás, señalando, porque el menú estaba en caracteres y yo no tenía energía para la performance del turista que lo intenta. Estaba bien. No excepcional, pero bien, con ese sabor a anís y pimienta de Sichuan que entumece un poco la lengua y que en casa no existe en ningún sitio, y pensé por un segundo en julio en la Costa Daurada, en el olor a protector solar y a mejillones, en algo completamente distinto a esto, antes de volver al cuenco.
Al oeste de la ciudad, ya de tarde, los campos junto al embalse capturaban la luz de una manera que no invitaba a nada, que solo era lo que era: terrazas, hileras de chopos, calor quieto sobre el agua, geometría repetida sin espectador. Lo miré desde la distancia que permite el autobús equivocado.
Imprescindible en Pekín, China
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