Son las seis y veinte de la mañana y el cajero de la calle de detrás del mercado Tsaiz lleva exactamente dieciséis minutos diciéndome que el sistema no está disponible. Lo sé porque tengo el teléfono en la mano y lo estoy cronometrando, no porque sea un maniático del reloj sino porque el frío de julio en Ulaanbaatar a esta hora es el tipo de frío que necesita una actividad concreta para no convertirse en un problema mayor.

El asunto es el siguiente: ayer perdí cincuenta dólares. No sé muy bien cómo todavía, o más bien sé que se fueron en un cobro que no reconozco y que intento rastrear desde anoche. Ese cobro existe, no fue un sueño, tengo la notificación en el móvil. Y ahora, con lo que me queda en la cuenta intentando sacarlo en efectivo en este cajero de plástico roto en la esquina, la pantalla sigue parpadeando en cirílico y en un inglés tosco que dice "service temporarily unavailable". Temporalmente. Desde las seis de la mañana.

Hay una mujer con abrigo oscuro que pasa cargando una bolsa de mercado, el vapor de las chimeneas del edificio de enfrente sale en diagonal hacia la derecha porque hay un viento pequeño pero constante. Esa imagen podría ser cualquier mañana aquí, en cualquier barrio residencial del este, pero esta mañana tiene la particularidad de que yo estoy plantado delante de un cajero inútil con la tarjeta en la mano y sin saber cuándo exactamente voy a poder sacar dinero.

El segundo cajero que conozco en esta zona está en la avenida de la Paz, a unos veinte minutos a pie. Fui. Pantalla negra, no del todo negra sino del tono que tienen las pantallas cuando llevan horas sin que nadie las haya tocado, esa especie de gris oscuro con reflejos azules que significa abandono técnico y no un corte de luz puntual. El empleado de la tienda de al lado, que vende botellas de agua y algo que creo que son galletas de arroz, me dijo algo que no entendí del todo pero que gestualmente significaba "no funciona" y se encogió de hombros de una manera que dejaba claro que tampoco era su problema.

Lo de ayer y lo de hoy juntos tienen una textura particular que empieza a resultarme conocida en este viaje, que es la de los contratiempos que no son dramáticos sino acumulativos. No es que haya pasado algo terrible. Es que llevan semanas pasando cosas pequeñas que cuestan tiempo o dinero o las dos cosas, y cuando te quedas quieto en un sitio, como hoy, esperando que nada se mueva, lo que se mueve son los sistemas que necesitas para poder estar quieto con alguna dignidad.

Volví al barrio de Bayanzurkh a pie, que es donde me alojo, porque el taxi me parecía un gasto demasiado concreto para la situación. Hay un hombre en una furgoneta blanca aparcada frente a un quiosco de periódicos que lleva ahí desde que salí, o eso parece, con el motor encendido y la ventanilla bajada, mirando el teléfono. No sé qué espera pero me lo imagino esperando algo exactamente tan inútil como lo que yo espero: que algún sistema que no controlamos vuelva a funcionar.

Tengo todavía efectivo suficiente para el día, o para casi el día, si no gasto en nada que no sea comida. Es una frase que me gusta menos cada vez que la pienso. El cajero, cuando lo revisé por última vez antes de doblar la esquina, seguía parpadeando.

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