El cajero de ayer me devolvió la tarjeta sin dinero y sin explicación, y eso era ya el colmo de una semana que había ido acumulando pequeños golpes desde el primer sábado. Hace cuatro días, un taxista que nunca llegó. Hace seis, una ventanilla cerrada por «mantenimiento» a las once de la mañana. Hace ocho, hace diez, hace trece, hace diecisiete, variaciones del mismo problema con distinta cara. En algún punto dejé de contar y empecé simplemente a restar.

Así que esta mañana, que es cuando rindo mejor y cuando la cabeza me funciona de verdad, la pasé haciendo cálculos en el hostal antes de salir. No son cálculos dramáticos, pero tampoco cómodos: lo suficiente para comer bien y moverse con sentido, nada más. Con eso en mente me fui al mercado de Tsaiz sin ningún plan concreto salvo comer algo caliente que no costara un escándalo.

El puesto donde acabé tiene una mesa de madera con la superficie desgastada a fuerza de bandejas y codos, y una ventana lateral por la que entra una luz de media mañana que no mejora nada ni lo empeora. La mujer que sirve ahí pone el tazón delante sin mirarte, con esa eficiencia que no es grosería sino simplemente que lleva diez años haciendo lo mismo y no necesita el contacto visual para hacerlo bien. El khöl llegó humeando, con un vaso de verduras encurtidas al lado que nadie te pide que comas pero que está ahí. Lo comí. La sopa estaba bien, densa y con bastante cebolla, y el local olía a grasa de cordero y a ese ambientador barato de fresa que usan en todos los establecimientos de esta ciudad donde nadie ha decidido todavía si el olor a comida es una virtud o un problema.

Mientras comía, en la mesa de enfrente había un hombre con una chaqueta de trabajo verde oliva que llevaba bajo el brazo una especie de programa impreso, de esos que doblan en cuatro. No sé si era del Goyol, el festival de moda que está pasando estos días en algún punto de la ciudad, o de algún evento del templo, porque por la calle había habido tambores a primera hora y una procesión que no entendí del todo. El hombre dejó caer el programa al suelo sin notarlo. Yo lo recogí, lo puse en su mesa. Él me miró, dijo algo en mongol, se quedó esperando. Le dije en inglés que no hablaba mongol. Él asintió, señaló el programa, dijo una palabra que sonaba a nombre de lugar. Luego sacó el teléfono, buscó algo, me lo puso delante: una imagen de un monasterio, decorado con telas amarillas. Yo asentí aunque no sabía bien qué estaba confirmando. Él guardó el teléfono, volvió a su sopa. Fin de la conversación, si es que fue una conversación.

No sé qué quería decirme exactamente, y eso me molesta un poco de forma difusa, del mismo modo que me molesta no saber si el monasterio que me mostró está aquí dentro de la ciudad o hay que tomar algo para llegar. El programa quedó en su mesa pero yo tenía la imagen en la cabeza, y ahora estoy aquí escribiendo esto y pensando que debería haberle pedido que me lo repitiera más despacio, o haberle mostrado el mapa del teléfono, o cualquier cosa más útil que asentir.

La sopa costó lo que debía costar. Pagué, salí, el sol de julio en Ulaanbaatar pega con una convicción que no me esperaba para esta latitud, y la calle fuera del mercado estaba llena de gente yendo a sitios con paso de quien sabe adónde va. Yo no tenía esa certeza todavía.

Imprescindible en Ulán Bator, Mongolia

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