Salí del hostel antes de las siete porque así soy, y porque si me quedo en la cama más allá de las seis y media empiezo a pensar demasiado en los cajeros automáticos que llevan dos días sin darme dinero. La mañana era clara y bastante fría para ser julio, con ese frío seco del altiplano que no avisa. Caminé hacia el sur sin un plan preciso, alejándome del centro, siguiendo una calle que va perdiendo asfaltado a medida que los edificios grises de la era soviética ceden paso a vallas de madera sin pintar y perros que te miran como si tuvieras algo que explicarles.

No llegué muy lejos. En una intersección sin semáforo, cerca de un pequeño almacén con lonas azules atadas con cuerda, dos furgonetas habían chocado. No fue gran cosa, ninguna parecía seriamente dañada, pero había un policía que gesticulaba y dos conductores discutiendo con esa calma tensa de quien sabe que esto va a costarle horas. Yo estaba ahí, parado, mirando, y eso fue suficiente para que el agente se acercara y me señalara con el bolígrafo. Me pidió, en un mongol bastante decidido, que me quedara. Hice el gesto universal de "no entiendo nada" y él sacó el teléfono, buscó algo, y me mostró la pantalla con una frase en inglés que decía algo así como "witness, please stay". Pensé que iba a estar ahí tres horas bajo el sol. No era un pensamiento agradable.

Pero no fue así. Me llevaron a una especie de oficina provisional dentro de una furgoneta aparcada a un lado, donde otro agente tenía un formulario y hablaba un inglés básico pero funcional. Me preguntaron desde dónde lo había visto, qué velocidad me parecía, si alguno de los conductores había hecho algo raro antes del impacto. Respondí lo que pude, que no era mucho: estaba cruzando, vi el golpe, ninguno de los dos parecía ir especialmente rápido. El agente escribía con una letra diminuta y muy inclinada hacia la derecha. Me pidió el pasaporte, lo fotocopió con el teléfono, y al cabo de veinte minutos me dijo «okay, thank you, go». Eso fue todo.

Lo que no me esperaba es que después de eso me quedaría tan quieto tanto tiempo. Seguí caminando hacia el sur, pasé los últimos bloques residenciales, y llegué a esa franja de terreno donde la ciudad se rinde y empieza otra cosa: campos irrigados, filas de álamos que proyectan sombras largas y casi geométricas, canales de tierra con agua turbia moviéndose despacio. El río Tuul se intuye más que se ve, entre los chopos. No es un paisaje que nadie vendería como postal, pero tiene algo que no sé nombrar bien, una horizontalidad que la ciudad no tiene, una sensación de que aquí el aire no rebota contra nada.

Me quedé ahí un buen rato, de pie, con la mochila puesta, mirando hacia las montañas del fondo que eran de un marrón verdoso apagado. Sin sacar el teléfono. Solo mirando. Y fue entonces cuando noté que llevaba días pensando en esta ciudad como en algo que aguantar, como en un problema logístico que todavía no se ha resuelto, y que eso me había impedido prestarle atención de verdad. Los cajeros rotos, los contratiempos de las últimas semanas, lo justo que ando de efectivo y lo que eso limita en la práctica, todo eso había estado ocupando el espacio mental que normalmente dedico a observar dónde estoy. Y dónde estoy es aquí, en este descampado cultivado al sur de Ulaanbaatar, con una declaración policial reciente en el bolsillo y los álamos haciendo ese sonido específico que hacen cuando el viento es suficiente pero no demasiado.

No tengo ninguna conclusión. Solo que cuando volví al centro a las dos de la tarde, me fijé en los preparativos para algún festival que estaban montando en una explanada cerca del Museo de Historia Natural, con gente cargando lonas y estructuras de metal, y por primera vez en días no calculé si podía permitirme entrar.

Imprescindible en Ulán Bator, Mongolia

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